Bajo el sol abrasador del verano, Días de agosto convierte el deseo, los celos y el conflicto familiar en una peligrosa bomba de relojería.
De La piscina (1969), de Jacques Deray, a su reciente remake Cegados por el sol (2015), de Luca Guadagnino, la historia del cine está llena de personajes atrapados en veranos tórridos donde el sol, el sexo y la muerte acaban por formar un perturbador triángulo de esquinas afiladas. En Días de agosto, los universitarios Juan y Gabriela, pareja de novios, se deciden a pasar unos días en el chalé familiar del primero, pegado a la playa. Lo que no saben es que el padre de Juan, Fernando, aparecerá también por allí sin previo aviso junto a su nueva novia, Mónica. Abocados a compartir una semana de vacaciones bajo el mismo techo, los personajes deberán hacer frente a sus más bajas pasiones. La nueva película del muy versátil Chema de la Peña —que lo mismo te rueda una gamberrada como Isi/Disi que una reconstrucción thrilleresca del 23-F— se sumaría, así, a esa larga tradición de films ambientados en parajes estivales y borboteantes de sudorosas pulsiones en la que se enmarcarían grandes clásicos del cine moderno como El cuchillo en el agua (1962), de Polanski, El nadador (1968), de Perry o, entre otras tantas, Fuego en el cuerpo (1981), de Kasdan. De puesta en escena admirablemente sobria (al tiempo que, por paradójico que sea, desbordante de un abrasador erotismo), Días de agosto renuncia a ornamentos formales para confiarlo todo a sus fantásticos intérpretes (las miradas, los silencios, los gestos) y al sugerente guion de David Sueiro, quien da forma, con mano maestra y confiando siempre en el poder en el subtexto, a la historia de una relación paterno-filial quebrada en la que Freud y su conflicto edípico resuenan a cada paso. Una grata sorpresa.