Crítica de ‘Digger’: Pasados de rosca

Digger

Una sátira política tan desmesurada y pretenciosa que termina sepultada bajo sus propias ambiciones.

En Digger, un magnate del petróleo (excesivo, arrebatado, insoportable Tom Cruise) se ve sumido en una terrible espiral cuando desata un inesperado desastre que amenaza con destruir el mundo. Cuatro años después de Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades, su anterior largo –una película que, tras ser vapuleada por la crítica, pasó prácticamente desapercibida por cartelera–, Alejandro Gonzalez Iñárritu continúa despeñándose a velocidad de crucero por los abismos de la grandilocuencia. Su último trabajo, bellamente fotografiado por Emmanuel Lubezki (algo que no oculta la arbitrariedad formal y estilística de la propuesta), es una aparatosa y superficial sátira política de brocha gorda, de aroma farsesco y con giro metalingüístico incluido, sobre la cultura –el teatro, en este caso– como revulsivo frente al sistema y sobre su paradójica capacidad para acabar beneficiándose de él. Pese a su interesante concepto, la película, que demuestra una constante (y alarmante) necesidad de resultar extravagante y genial, parece estar confeccionada a base de jirones de otros cineastas: aquí se dan cita, de forma evidente y casi siempre cargante, el grisáceo y funcionarial universo de Roy Andersson, con sus rostros pálidos y su humanidad desangelada; los personajes secundarios grotescos, desastrados y tragicómicos de los Coen (imposible no pensar en Quemar después de leer); o la fría geometría de Stanley Kubrick, con su perfeccionismo simétrico y, muy especialmente, el eco de Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?. Todo en Digger es, en fin, grandilocuente, pretendidamente gamberro y rompedor, molestamente grotesco. Y pretencioso hasta la médula.

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