Hlynur Pálmason observa la transformación de una familia tras la separación de sus progenitores a través del paisaje, el paso de las estaciones y los pequeños gestos cotidianos.
Difícilmente habrá quien ponga en duda el talento visual de Hlynur Pálmason: artista plástico además de cineasta, el islandés posee una apabullante capacidad para construir imágenes que, aunque rigurosamente calculadas, encierran algo de indómito, una suerte de hipnótica energía primitiva que parece haber sido capturada directamente del mundo. Tras Un blanco, blanco día (2019) y Godland (2022), Pálmason retrata en su nuevo largometraje el proceso de descomposición de una familia (padre, madre y tres hijos) que debe aprender a convivir con las tensiones y silencios que deja tras de sí la separación de los progenitores. El cineasta rehuye todo cliché narrativo y formal para abordar la ruptura desde una perspectiva íntima y sensorial, y hace convivir con inusitada naturalidad el onirismo —el surrealismo incluso— con una desnudez por momentos documental, capaz de atender a lo cotidiano con una precisión casi antropológica. El amor que permanece es una película elíptica, de narrativa difusa y hasta dislocada, que no atiende a progresiones dramáticas al uso; un relato telúrico en el que son la violencia del paisaje y el correr de las estaciones los que van revelando la fragilidad de sus personajes. El resultado de todo ello es, a partes iguales, deslumbrante y desconcertante: sus imágenes fascinan, sí, pero su deliberada opacidad hace imposible que el espectador (o, al menos, este que escribe) establezca una mínima conexión emocional con lo relatado.