Crítica de ‘El coro de Praga’: El silencio y el horror

El coro de Praga

Un sobrio y desgarrador retrato del abuso de poder, narrado desde la mirada de una adolescente atrapada en la telaraña de un adulto manipulador.

El periodista y documentalista checo Ondřej Provazník debuta en la dirección de ficción con un elegante y sobrecogedor relato de abusos sexuales. Provazník, partiendo del caso real del coro femenino Bambini di Praga, destapado en el año 2004, sortea en todo momento el sensacionalismo gracias a una sabia decisión: limitar el relato exclusivamente al punto de vista de Karolina, su protagonista. La joven, de tan solo trece años, consigue entrar a formar parte de un prestigioso coro de su ciudad, donde compartirá escenario con su hermana y otras adolescentes; su talento no tardará en despertar el interés del severo director, que irá ganándose su confianza mientras se sirve de sus aspiraciones y de su deseo de triunfar para estrechar cada vez más la relación con ella. Filmada en un granulado 16 mm, la película retrata, siempre con sobriedad y desde la justa distancia, la lenta espiral en la que Karolína va introduciéndose; una deriva gradual cuidadosamente maquinada por el director del coro, Viktor Mácha (claro trasunto del personaje real, Bohumil Kulínský), un hombre siniestro y autoritario que, sabiéndose poderoso, utiliza su posición privilegiada para manipular y someter a las jóvenes a una relación de dependencia. La película de Provazník, vaciada de todo efectismo, utiliza admirablemente el fuera de campo y logra extraer una excepcional fuerza dramática de los silencios y los rostros; son precisamente sus maneras gélidas y despojadas, siempre respetuosas con el horror experimentado por las víctimas, las que acaban por convertir el film en uno de los más afilados y desgarradores retratos del abuso de poder en el cine reciente.

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