Una fábula rural sobre la frágil frontera que separa la comunidad soñada de la estructura opresiva.
Tres de las películas que aterrizan esta semana en la cartelera española toman el medio rural como perfecto escenario para hablar de distintas formas de pertenencia. La alemana El olor a leche quemada, ópera prima de Justine Bauer, se aproxima a él desde el declive de una forma de vida (la industria agrícola); y Cinco segundos, lo nuevo del italiano Paolo Virzì, convierte el paisaje agrario en refugio y reivindicación de lo comunitario para un hombre que busca recomponer sus heridas. Frente al tono elegíaco y melancólico de ambas, el primer largo de ficción del mallorquín Óscar Bernàcer introduce un contrapunto decididamente más oscuro: en Enjambre, Lluc (Pablo Molinero) llega a una pequeña aldea aislada después de haberlo perdido todo, acogido por Alba (Cristina Fernández), la líder de un grupo de jóvenes que ha decidido apartarse de las lógicas del sistema para construir una suerte de paraíso autogestionado. Allí encuentra una nueva familia y el amor de Silvia (María Maroto), pero también unas normas cada vez más férreas que terminan convirtiendo la convivencia en una forma de sometimiento. Bernàcer pone en jaque la tan contemporánea fantasía del escapismo rural, arrojando una escéptica mirada al ideal comunitario, y, si bien realiza un más que solvente trabajo de dirección de actores, su película adolece de un exceso de diálogos y una cierta dispersión de los puntos de vista. De haberse mantenido más pegado a la mirada de Lluc, su protagonista, y de haber confiado más en los silencios (además de reducido el número de flashbacks), quizá el resultado final habría resultado más atmosférico y desasosegante.