Crítica de ‘Lady Nazca’: Recolocarse en el mundo

En Lady Nazca, Damien Dorsaz cuenta la historia de la arqueóloga alemana que consiguió que se conservarán las mágicas Líneas de Nazca.

La imagen de una mujer barriendo el desierto es suficientemente cinematográfica como para pensar una película alrededor de ella. Algo así debió de pensar Damien Dorsaz cuando pisó Nazca por primera vez hace más de 20 años y conoció la historia de Maria Reiche, la arqueóloga alemana a la que debemos que aquellas extrañas Líneas en la arena sean hoy Patrimonio de la Humanidad. Reiche llegó a Nazca en los años 40, en un momento en el que terratenientes peruanos intentaban apoderarse del desierto para sus negocios, sin darle importancia a aquellas líneas que formaban animales y que no entendían. Ella llegó allí, empezó a barrer y se alojó con los indígenas que aún miraban aquellas rayas con formas de mono, colibrí o cóndor como el recuerdo de una historia arrebatada. Ella luchó por mantenerlas y llenar el vacío que habían dejado años de colonialismo. Lady Nazca cuenta toda la travesía de Maria, desde que pisó Perú por primera vez, su llegada al desierto y su odisea judicial y burocrática para lograr que se preservara aquel lugar en el que, visto desde alguna colina o, mejor aún, desde el cielo, las personas pueden recolocarse en el mundo. Esa poderosa imagen y las ideas anticolonialistas, respetuosas y empáticas conforman el mensaje de un biopic tradicional, pero muy apreciable.

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