El tercer largometraje de Mercedes Mumenthaler reivindica el cine como un territorio de misterio, ausencia y poesía.
Muy de vez en cuando, aparece en cartelera una película (las más de las veces, una pequeñita) que nos ayuda a recordar el enorme potencial poético del lenguaje cinematográfico. Una película que lo apuesta todo a las imágenes, a los silencios y los vacíos, a la vibración secreta del gesto mínimo; una de esas películas que parecen desbordar mil y un sentidos al tiempo que resultan indescifrables. Las corrientes, tercer largo de la cineasta argentina Mercedes Mumenthaler, es una de ellas: la suya es una poética de la elipsis, de la mirada oblicua, del tiempo suspendido. El relato (misterioso, hipnótico, desasosegante de principio a fin) sigue a Lina, una exitosa estilista de 34 años, madre y esposa, que, tras recibir un prestigioso premio, entra en una profunda crisis existencial al tomar conciencia de que, poco a poco, ha comenzado a desdibujarse. De pronto, bajo sus pies se abre una grieta: el mundo se revela como una máscara, su ilusión de permanencia se resquebraja y aparece, frente a ella, el vacío. La depuración formal de Bresson (metonímica, fragmentaria) y la lenta disolución de la identidad propia de Antonioni (pero también Sartre y su náusea, y Nietzsche y su abismo) resuenan en una película de una precisión estilística y un hermetismo fascinantes; un atmosférico artefacto de imágenes insondables, encriptadas, en las que todo parece suceder por debajo, fuera del alcance de los ojos. Una película, en fin, incompleta y, por ello, infinita.