Letras robadas mantiene intacta la fe del cineasta irlandés John Carney en la capacidad redentora de la música.
De Once (2007) a Flora y su hijo Max (2023), pasando por Begin Again (2013) y Sing Street (2016), el director irlandés John Carney ha venido explorando el poder redentor y transformador de la música en una coherente y siempre luminosa filmografía. Aunque ya alejada del aroma indie que definió sus primeras películas, Letras robadas, su nuevo trabajo, mantiene intactas las preocupaciones centrales de su cine: el autodescubrimiento y el encuentro con el otro a través de la música, y la compleja relación entre la realización personal y el éxito. Optimista y vaciada de todo cinismo, Letras robadas narra la historia de Rick (Paul Rudd), un solista de rock que, al no alcanzar el triunfo, trabaja (como el Adam Sandler de El chico ideal) como cantante de bodas junto a su banda. Un día conoce al joven Danny (Nick Jonas, el pequeño de los Jonas Brothers), estrella de una ‘boy band’ en decadencia con el que, inesperadamente, encuentra una fuerte conexión. Sin embargo, el nacimiento de esta “amistad” terminará poniendo su vida patas arriba. Conviene no desvelar mucho más sobre la trama de esta cálida feel good movie en clave musical que confronta las dos caras del arte: su poder, por un lado, para elevar a quienes lo reciben, otorgando sentido y belleza a la vida, y su potencial para consumir, por el otro, a sus creadores, tantas veces vulnerables a los estragos del ego y la ambición. Dos únicas pega al conjunto: su impersonal factura visual, rutinaria y poco imaginativa, y un cierto exceso de azúcar, especialmente en el tramo final.