El debut de Bárbara Farré convierte el cuento clásico en una fábula onírica sobre el abandono, la identidad y el anhelo de ser amada.
El debut de Bárbara Farré parece acontecer en un lugar fuera del tiempo. La película, que toma prestada la estructura y los elementos narrativos y tonales propios de los cuentos clásicos de tradición oral, sigue los pasos de Atenea, una joven que vive en un orfanato femenino. Allí, adolescentes y niñas temen alcanzar la mayoría de edad sin haber sido “seleccionadas a tiempo” por una familia. Cuando ya roza el límite de la vida adulta, Atenea es finalmente acogida por una joven pareja, circunstancia que parecerá brindarle, al fin, la deseada oportunidad de convertirse en hija. Y de ser amada. Farré se desliga por completo de toda forma de naturalismo para firmar en esta, su críptica ópera prima, un coming of age de un lirismo oscuro, trenzado desde una narrativa elíptica donde realidad y sueño se entretejen. El viaje (desasosegante en buena parte, si bien luminoso en su tramo final) es el de una joven con herida de abandono que, habitante de un mundo hostil, deberá aprender a quererse a sí misma antes de comprender que su anhelo de ser elegida ha estado siempre condicionado por el yugo de la mirada ajena. Hay una evidente voluntad de estilo y un muy elaborado misterio formal en esta película onírica, rica en símbolos y metáforas visuales (unas más efectivas que otras), sobre los miedos y las represiones femeninas; un film que, todo sea dicho, acaba adoleciendo de una cierta frialdad emocional al apostar tan fuerte por el hermetismo.