Anne Hathaway es una convincente estrella del pop en un fantasmal y algo cargante drama sobre el poder del arte.
David Lowery es uno de esos pocos directores que se mueve por Hollywood manteniendo originalidad y voz propia. Incluso cuando se somete a los estudios con grandes presupuestos deja ver su peculiar punto de vista al que, por suerte, ha dejado vía libre en filmes tan interesantes como A Ghost Story o The Old Man & The Gun. Mother Mary es una rareza en el cine de hoy, más viniendo de Hollywood y con una estrella ahora mismo tan en su cumbre como Anne Hathaway. Justo después de verla de nuevo vestida de Prada y como una Penélope paciente y activa, la actriz se transforma en una gran diva del pop a imagen y semejanza de cantantes reales como Beyoncé, Taylor Swift y hasta una Rosalía por sus performances inspiradas en iconografía católica… La fe es precisamente lo que pierda esta Mother Mary que así se llama su personaje, la fe en ella misma y la fe en el arte que crea, abrumada por el éxito que ella misma ha generado; y va a reencontrar esa fe con una antigua amiga, aquella con la que construyó su identidad de artista y a la que da vida una exagerada Michaela Coel. El corazón de la película, con una puesta en escena teatral en la mayor parte de su metraje, es la intensa conversación entre estas todas mujeres, dos viejas amigas buscando el perdón y ser perdonadas, debatiendo sobre el poder sanador del arte y sobre el arte en sí. Aunque interesante a ratos, es mejor película sobre el papel, explicada, que en resultado, la intensidad de sus personajes y charlas resulta cargante a pesar del esfuerzo físico y vocal que ha realizado una Hathaway superándose a sí misma.