Maravilloso debut de la directora Pauline Loquès con un actor, Théodore Pellerin, que se revela como uno de los nuevos nombres a seguir de cerca en el cine internacional.
Hace años, Pauline Loquès vivió de cerca la enfermedad y muerte de una persona muy querida, que era, además, muy joven. Aquella experiencia le marcó de tal manera para convertirla en el tema de su primera película, Nino, en la que intentaba lidiar con el enfado que le produjo, pero de alguna forma ha transformado esas emociones de ira en una conmovedora historia de celebración de la vida a pesar de todo. La película parte desde un planteamiento único: arranca con la comunicación al protagonista, Nino, de que tiene cáncer de garganta derivado de un virus del papiloma humano, una infección de transmisión sexual (lo cual no es una elección aleatoria, sino muy consciente para también meter un asunto generacional, social y sanitario de fondo), la médico le dice que, por su juventud, el mismo lunes empezarán el tratamiento, el resto de la película son los tres días de él vagando por la ciudad, literalmente, tras haber perdido las llaves de su casa, en el fin de semana que coincide con su 29 cumpleaños y va encontrando a su madre, amigos y también a desconocidos o casi. Le cuesta revelar la noticia y a él le va pesando cada vez más. Durante esas horas, Nino se cuestiona la muerte de su padre sobre la que nunca antes había querido reflexionar y se pregunta sobre su propia vida en la que hasta ese momento se movía como dormido, ausente. A través de sus paseos y esos encuentros, Nino también habla de la epidemia de soledad, de la incomunicación como problema generacional en este mundo hiperconectado, especialmente en las grandes ciudades… El diagnóstico y el encuentro con determinadas personas y la necesidad de donar esperma por si quiere tener hijos en el futuro le hacen despertar de un letargo en el que ni siquiera sabía estar sumido. Tristemente, la enfermedad acaba siendo su manera de apreciar y celebrar la vida, y el justo tono elegido por la directora y la preciosa y sutil interpretación de Théodore Pellerin (que ganó un César por ello) nos llevan por este precioso drama con una delicadeza, realismo (e incluso algo de fantasía, en la que interviene Mathieu Amalric) que acaba conmoviendo profundamente.