Una secuela que, si bien más torpe y azucarada que la original, toma el relevo de su predecesora con relativo éxito.
Vista hoy, Prácticamente Magia (1998) continúa siendo una película desmañada, de estructura narrativa errática, con una puesta en escena tirando a anodina…. y también, todo hay que decirlo, un artefacto pop bastante simpático. Aquella película de finales de siglo preserva –y este es un encanto adquirido con el paso del tiempo, más que una virtud propia del film– un cierto regusto a cine popular noventero que, qué duda cabe, juega mucho a su favor: el film dirigido por Griffin Dunne –el eterno Paul Hackett de ¡Jo, que noche! (1985)– es una fantasía de brujas amable, a medio camino entre el terror ligero y el cine familiar, que entronca con otros títulos adorables de su tiempo como Jóvenes y brujas, Hocus Pocus o Las brujas de Eastwick. Si bien Prácticamente Magia 2, que llega veintiocho años después, logra recuperar con relativo éxito la fórmula de aquella primera entrega (esta secuela dista mucho de ser el desastre que podría haber sido), también es cierto que el espíritu genuinamente torpe (pero genuino, a fin de cuentas) del film original se ha desvanecido en buena parte. Que dure casi dos horas y cuarto y derroche azúcar en casi cada escena la termina convirtiendo en un divertimento que, aunque agradable en su primera mitad, acaba por resultar empalagoso. Los nostálgicos de la primera entrega, en cualquier caso, difícilmente se sentirán defraudados.