Crítica de ‘Prometido el cielo’: Vidas en tránsito

Prometido el cielo

Erige Sehiri construye un sensible retrato de la inmigración subsahariana en Túnez que no termina de trascender sus buenas intenciones.

El humanismo y la mirada política de Erige Sehiri sustentan Prometido el cielo, segundo largometraje de la tunecina tras Under the Fig Trees. La película, que inauguró Un Certain Regard en Cannes, sigue a tres mujeres marfileñas que sobreviven en Túnez, enfrentadas, cada una desde su particular situación, al racismo, el machismo y la precariedad que atraviesan la experiencia migratoria. Las protagonistas son Marie, pastora de una pequeña comunidad cristiana; Naney, madre separada de su hija y dedicada a pequeños trapicheos para salir adelante; y Jolie, estudiante de Ingeniería con papeles en regla. Sehiri se aproxima a sus rutinas desde una puesta en escena de vocación neorrealista, y en todo momento se muestra comprometida con sus tres personajes; el problema reside en que, debido a su estructura coral, deliberadamente fragmentaria, este drama social termina resultando disperso y poco incisivo. Un desequilibrio en el reparto de puntos de vista que dificulta, en fin, que las tres líneas narrativas acaben confluyendo de manera verdaderamente orgánica. El resultado respira tanta autenticidad como obviedad.

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