El cineasta de Barbarian y Weapons encuentra en Resident Evil un nuevo juguete para desplegar su gusto por el terror, el humor y la sorpresa.
Tras las excelentes Barbarian y Weapons, las expectativas puestas en el tercer largo de Zach Cregger no podían ser menos que inmensas. Había, sin embargo, entre aquellos títulos y este nuevo trabajo, una diferencia sustancial: las dos películas citadas partían de guiones originales, obra del propio Cregger, y encontraban buena parte de su fuerza en la capacidad del cineasta para retorcer las convenciones del género, cambiar juguetonamente de rumbo y obligar al espectador a reajustar una y otra vez su horizonte de expectativas. Resident Evil, su tercer trabajo, parte en cambio de un universo preexistente (es, de hecho, la octava película que adapta la franquicia del videojuego japonés de 1996), y, por tanto, era lícito albergar alguna que otra duda acerca de cómo Cregger iba a desenvolverse en un terreno que no era el suyo. Vista la película, no caben más que alabanzas: el director reduce la trama al mínimo (no “peca” más que de una brevísima, y muy divertida, secuencia “explicativa”), limita por completo el punto de vista del relato al de su personaje principal (un antihéroe bobalicón y desorientado, que nunca sabe por dónde le vienen los golpes) y se dedica, durante una hora y veinticinco minutos, a jugar al tren de la bruja con sus espectadores. No hay un ápice aquí de gravedad o impostura: como en sus dos anteriores largos, el humor continúa jugando un papel fundamental (su protagonista, brillantísimo Austin Abrams, encuentra en la torpeza física una veta de humor slapstick entre chaplinesco y keatoniano), no tanto como contrapunto de la tensión como integrado en ella, alimentando ese permanente juego entre el desconcierto y la sorpresa que constituye ya una de las señas de identidad del cine de Cregger. Vertiginosa, terrorífica y descacharrante. Una maldita maravilla.