George Jaques firma una película adolescente luminosa e irreverente que mira de frente la enfermedad sin convertirla en sentimentalismo.
El segundo largo del británico George Jaques (el primero, Black Dog, de 2023, no tuvo estreno en salas españolas pero puede verse actualmente en Filmin) es una bella película de adolescentes despojada de todo paternalismo. Sigue a Ivy (fantástica Bella Ramsey), una chica de 17 años que, tras recuperarse de un cáncer, asiste a regañadientes a un campamento para jóvenes pacientes. Muy madura para su edad, descreída y siempre sarcástica, la joven, que inicialmente rechazaba de pleno la idea, acabará por hacerse amiga de un grupo muy particular y diverso, viviendo un verano inolvidable. Con un planteamiento de esta índole, el relato bien podría haber derivado muy pronto hacia los habituales tópicos y terminado entregándose a la corrección política más sensiblera. Nada más lejos: el director inglés, que firma también el libreto de la película, sortea toda ñoñería y apuesta sin reservas por una genuina y deliciosa irreverencia. Sus variopintos protagonistas jamás son versiones edulcoradas o aleccionadoras de sí mismos: aquí hay chavales de carne y hueso, con sus deseos, excesos, inseguridades y contradicciones, que se enamoran, se emborrachan, sufren y disfrutan sin que ni la pluma ni la cámara de George Jaques, de mirada naturalista y sobria al tiempo que cálida y cercana, sientan nunca la necesidad de juzgarlos ni de convertirlos en ejemplo de nada. Es esta, en fin, una película honesta y conmovedora; tierna sin ternurismos, cálida sin complacencias, optimista sin falsos consuelos; que mira de frente el horror de la enfermedad sin permitir que este ensombrezca la alegría.