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Crítica de ‘Supergirl’: El riesgo de convertir la personalidad en fórmula

El nuevo Universo DC presume de textura, color y fisicidad, pero en Supergirl tropieza con un relato tan rutinario como previsible.

La segunda película del nuevo Universo DC, capitaneado desde 2022 por James Gunn, deja un sabor de boca más bien amargo. Por un lado, este crítico agradece que la fisicidad old school esté de vuelta: tras tantos años de películas de superhéroes ruidosas e impersonales, Gunn parece empeñado en que los largometrajes producidos bajo su mandato posean un marcado aroma pulp y una identidad visual artesanal, en la que la presencia de efectos prácticos mitigue (aunque sea tan solo en parte) el habitual abuso de CGI tan propio de estas superproducciones. Hasta aquí, todo bien: el mundo en el que se desarrolla Supergirl conecta antes con el Desafío total de Verhoeven o la trilogía original de Star Wars que con la asepsia digital que ha dominado el género durante la última década. Sin embargo, y pese a su atractivo envoltorio visual, la película (que dirige Craig Gillespie, responsable de Cruella y Yo, Tonya) peca de un guion mecánico, previsible y protagonizado por personajes a medio esbozar que, pasado el primer tercio de metraje, invita con notable empeño al bostezo. Cabe esperar, en fin, que en los films venideros de DC la autenticidad demostrada por James Gunn no acabe domesticada por la inercia y reducida a una mera receta corporativa.

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