Crítica de ‘Sus hijos’: Secretos de familia

Sus hijos

Un secreto del pasado pone en marcha el nuevo drama familiar de Pablo Trapero, una película con grandes intérpretes y escaso vuelo.

En Sus hijos, Pablo Trapero continúa explorando uno de los territorios recurrentes de su cine: el de los vínculos y conflictos familiares. En el que es su primer trabajo rodado en inglés, el cineasta argentino se alía con la actriz y directora Sarah Polley en la escritura para, adaptando una novela del norteamericano David Gilbert, llevar a la pantalla la triste historia de una familia disfuncional, herida de muerte por las peripecias de su megalómano progenitor, al que pone rostro y voz el siempre excelente Bill Nighy. Él, escritor de fama mundial, padre ausente y marido fallido, lleva veinte años encerrado en su gran mansión, nadando en alcohol y conviviendo únicamente con su asistenta y con el más jóven de sus hijos, de edad adolescente. Al final de sus días, decide reunir a sus dos primogénitos –artistas frustrados, abocados a vivir a la sombra de su padre– y a su ex mujer –que renunció a sus propias metas por él–, de quienes lleva largo tiempo alejado, para sincerarse y compartir con ellos un sorprendente secreto de su pasado. Así, lo que comienza como un amargo retrato de un genio torturado y venido a menos deviene, poco a poco, un drama familiar con concepto sci-fi y un enorme potencial dramático que, tristemente, acaba por quedarse a medio camino de todas partes. Funcionan, qué duda cabe, sus grandes intérpretes; pero la teatralidad de su puesta en escena y la ausencia casi completa de ideas visuales la acaban convirtiendo en una película tibia, de poco vuelo y escaso poso.

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