La película de Marianne Elliott transforma la travesía de una pareja sin hogar en un relato de esperanza y ternura, aunque su excesivo dramatismo y su tono grandilocuente limitan su impacto.
Basada en el libro de memorias homónimo de Raynor Winn, El sendero de la sal relata el viaje de una pareja de mediana edad que, tras perder su casa y quedase en la calle, emprende de forma impulsiva una larga travesía de 630 millas por la costa suroeste inglesa, ensombrecida por una enfermedad neurodegenerativa terminal. La multipremiada directora y productora británica de teatro Marianne Elliot debuta en el cine con una insulsa película de buenas intenciones que, aspirando a resultar reconfortante, acaba por pecar de empalagosa. Culpa de ello tienen la grandilocuencia de su tono, la poca sutileza de un guion predecible y tendente al subrayado —tosco uso del flashback inclusive— y una convencional puesta en escena vaciada de todo misterio formal. Sus excesos dramáticos y su visión domesticada del hippismo se ven, aun con todo, compensados por las dos interpretaciones principales —Gillian Anderson y Jason Isaacs, cuya química sí logra, por momentos, despertar nuestra ternura— y por su explícita voluntad de resultar esperanzadora, apostando, en tiempos como estos que corren, tan necesitados de luz, por la resiliencia y el apoyo mutuo como tablas de salvación.