La voz de Hind está destinada a sacudir conciencias gracias a una mezcla de realidad y ficción con un poderoso impacto emocional y psicológico.
En el mundo del cine, y en concreto en la crítica cinematográfica, hay un adjetivo tan usado que ha perdido su significado, valor y trascendencia, convirtiéndose en una parodia de la capacidad misma de comentar y analizar las obras más diversas: “necesario”. Si no fuera por esta devaluación lingüística, este término podría y debería usarse para describir La voz de Hind, la película de la directora tunecina Kaouther Ben Hania, ganadora del Gran Premio del jurado en Venecia 82 y del premio del público en San Sebastián, donde se alzó con la puntuación más alta de la historia del Festival.
La voz de Hind cuenta la historia real de la niña de 6 años asesinada el 29 de enero de 2024 en Gaza. Iba en un coche con sus tíos y primos, huyendo del barrio de Tel al-Hawa, invadido por el ejército israelí, cuando fueron alcanzados por más de 300 balas disparadas por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). En los primeros ataques, la niña sobrevivió entre los cadáveres de sus familiares y consiguió contactar con los voluntario de la Media Luna Roja, pero la ambulancia que podía haberla alcanzado se vio atrapada en una espiral burocrática de constantes derivaciones a oficinas y departamentos del Ministerio de Salud y Defensa, buscando la aprobación que se prolongó hora tras hora, cuando la lorgraron la ambulancia fue atacada por los mismos militares que esperaban el rescate y también entonces mataron a la niña.
Las grabaciones de esa atrocidad, de esa niña suplicando por su vida, fueron hechas públicas por la Media Luna Roja para denunciar los abusos del ejército israelí. Se viralizaron y elevaron el movimiento mundial de apoyo a Gaza. Con ellas, la directora tunecina Kaouther Ben Hania decidió contar esta historia, siendo fiel a lo que pasó, recreándolo desde las oficinas de la Media Luna y escuchando las grabaciones reales, la voz de la pequeña Hind.
Al igual que en su obra anterior, Las cuatro hijas (2023), la realidad intenta no dar paso a la dramatización, con el resultado de que ambos aspectos se intensifican enormemente en su impacto emocional y psicológico, sacudiendo la indiferencia hacia un pueblo cuyo destino aún se considera controvertido a pesar de años de denuncias internacionales y horrores expuestos.
La verdadera historia de Hind Rajab es una caja china de gritos de auxilio: el de la niña que pide ayuda, el de los rescatistas que piden ayuda a las autoridades, el de los artistas que llaman a la comunidad internacional y el del público que pide… algo o a alguien.
Más allá del dolor (enorme, inevitable y aún mínimo comparado con el que experimentan los verdaderos protagonistas), lo que crece con cada minuto que pasa es la sensación de impotencia, la misma que la directora dijo haber sentido la primera vez que escuchó la grabación de audio y que le infundió un sentido preciso de responsabilidad hacia esta historia.
Volvemos a la paradoja inicial: La voz de Hind podría considerarse una película necesaria, pero al mismo tiempo, es una película que nadie hubiera querido ver ni hacer jamás. Una película que invierte su perspectiva y opta por no excluir los elementos más difíciles, sino por colocarlos en un lugar destacado, como las fotos de la niña que el voluntario Omar (Motaz Malhees) pega en las ventanas de la oficina del director de la Media Luna Roja encargado de coordinar el rescate (Amer Hlehel). Para garantizar que, dondequiera que miremos, dentro y fuera de la película, el rostro de Hind Rajab siga siendo el que no se olvide: el suyo, en nombre de más de 70.000 personas.