En octubre de 1936, con las cárceles españolas desbordadas, el régimen de Franco creó más de trescientos campos de concentración en conventos, fábricas, escuelas, plazas de toros y otros espacios cerrados. La isla de San Simón, situada en la ría de Vigo, pasaría de ser un antiguo lazareto a un colonia penitenciaria, donde los prisioneros sufrieron la represión rodeados de una belleza sobrecogedora. Tiempo más tarde, Lamas, uno de los presos, rememora en voz en off la historia de quienes, como él, padecieron el horror en este enclave de la costa gallega. Catorce años después del documental La pausa, el cineasta Miguel Ángel Delgado se estrena en la dirección de ficción con una muy particular –por contemplativa, por vaciada de dramatismo– mirada al horror de la Guerra Civil que, dejando fuera de campo el fragor de la batalla, pone el foco en un grupo de hombres que permanecieron aislados mientras esperaban recibir la noticia de la derrota. Los hieráticos personajes de San Simón, inspirados en presos reales condenados a la vergüenza y la resignación, parecen habitar una imagen fija, congelada en el tiempo: el blanco y negro con que está filmada la película, de textura sedosa y luces suaves, traslada en todo momento la impresión de narrarnos no un pasado remoto, sino atemporal, todavía presente; un momento embalsamado en el tiempo que no ha dejado de doler. Un poético film de admirable economía narrativa al que, quizá, le habrían venido bien unas ciertas dosis de emoción que contrarrestasen su desoladora frialdad.