Buena suerte, pásalo bien, no mueras es divertida a ratos, espejo distópico de nuestra realidad, pero alargado como una completa temporada de Black Mirror.
★★★
Después de 10 años fuera de los focos, tras el fracaso de La cura del bienestar, teniendo que abandonar varios proyectos, Gore Verbinski regresa con una película que se acerca quizá más a sus inicios y que parece tener más libertad que los grandes blockbusters de su carrera (Piratas del Caribe, El llanero solitario). Buena suerte, pásalo bien, no muras resulta interesante en su planteamiento, divertida a ratos, y nos debería tocar un poco la fibra: adolescentes como zombis enganchados a sus móviles y las redes sociales, que se vuelven agresivos si intentas quitárselo; la amenaza de una inteligencia artificial que no necesitará ya de humanos… y frente a todo eso la necesidad de una revolución humana.
Sam Rockwell es un hombre del futuro, con aspecto de hombre sin hogar, con un traje lleno de cables, un retrofuturismo sospechoso, con el que asegura necesitar voluntarios para frenar los trabajos de un niño de nueve años que será el creador de esa maldita inteligencia artificial que provocará la muerte de la mitad de la humanidad y el doblegamiento de la otra mitad. Entra en un diner, dice que esa es su intento número 117 de llevarse voluntarios…
Esa noche algo parece distinto, le siguen voluntariamente o a la fuerza un grupo (compuesto por Michael Peña, Zazie Beetz, Juno Temple –por cierto, hija del padrino profesional de Verbisnki–, Haley Lu Richardson y Asim Chaudhry) en una ciudad de Los Ángeles asediada y distópica, van cruzando etapas como de un videojuego se tratara… hasta llegar a la casa del niño.
Entre medias vamos conociendo la historia de algunos de esos voluntarios, cada historia, nos adentra en una preocupación distinta de nuestra sociedad: los tiroteos masivos, la incomunicación, la dependencia de las tecnologías, la clonación, la surrogación… Algunos de esos capítulos son divertidos y acertados, pero la suma de todos ellos convierte la película en una larga temporada de Black Mirror, excesiva y que se pierde hacia el final, y, a pesar de todo, un buen divertimento.
