Alba Sáez brilla en su primer y difícil protagonista, absolutamente físico y silencioso, que dice mucho.
★★★
El desencadenante de la película ocurre rápido. El brote psicótico que sufre la protagonista de Corredora sucede cuando solo hemos estado unos minutos siguiendo la vida de atleta de élite de Cris (Alba Sáez) en un centro de alto rendimiento, uno de esos lugares en el que todo gira alrededor de conseguir sus marcas para alcanzar sus objetivos, llegar a tal carrera o aquel tiempo, mantener una dieta estricta, entrenamiento riguroso. En ese estrés, Cris va entrando en una espiral que es imposible de parar porque va rápida, tan rápida como la música electrónica con la que se evade del mundo exterior. Y, de pronto, una noche, perseguida por los fantasmas de su cabeza, se tira por una ventana. El drama de Corredora comienza de verdad en ese momento, en el post, en la lucha de la aceptación por su diagnóstico, el tratamiento médico que incluye un montón de pastillas pero también la recomendación de cuidarse, de parar, olvidarse de correr y de toda esa presión que solo eran disparadores para su cabeza. Cris se va a vivir con su hermana (interpretada por Marina Salas), que intenta darle espacio a la vez que cuidarla, siendo más tranquila que un padre (Alex Brendemühl) comprensiblemente preocupado. La opera prima de la prometedora Laura García Alonso se mueve por temas y una energía especiales y originales, Corredora no va de superación, que sería el camino esperado alrededor de este mundo del deporte, sino que se fija en esa aceptación de la derrota, de lo que no pudo ser, al menos no como era, del quererse y entender, es una llamada a poner freno a este mundo ultrarrápido, ultraexigente y demandante. Y en todo ese viaje Alba Sáez brilla en su primer protagonista, uno muy físico, de pocas palabras, las justas para dejar ver su lucha interior. Y es su relación con su hermana donde el filme respira y consigue emoción.
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