Crítica de ‘Aisha no puede volar’: La más cruda deshumanización

Crítica de ‘Aisha no puede volar’: La más cruda deshumanización

Aisha no puede volar

Un interesante debut que mira entre la reivindicación y el body horror la terrible situación de una mujer migrante.

★★★

Estrenada el año pasado en la sección Una cierta mirada en el pasado Festival de Cannes, mejor película en la última Mostra de Valencia, Aisha no puede volar es la ópera prima del director egipcio Morad Mostafa, una interesante mirada al último escalón de la sociedad en Egipto (y probablemente en muchos otros lugares): mujeres inmigrantes de Sudán, solteras, solas, sin familia.

Aisha llegó hasta Egipto huyendo de la guerra de su país, probablemente tras una travesía traumática (como detalla otra compatriota) estudia enfermería y como aún no puede solicitar un trabajo en hospital, trabaja en una agencia que la envía a hogares para cuidar a personas mayores, enfermos. Vive en un barrio dominado por una banda que trafica con personas, con drogas… El jefe le da protección a cambio de que ella le consiga las llaves de las personas que cuida para que puedan ir a robar. Todo el mundo se aprovecha de ella, salvo un cocinero egipcio con el que mantiene un amago de amistad o relación sentimental que saben imposible, pero al menos hay una persona que es amable con ella hasta que conoce también a otra mujer como ella.

La película sigue a Aisha (un potente debut de Buliana Simon) en su deambular por la ciudad, en su dolorosa soledad y en sus sueños y pesadillas proféticos en los que un avestruz, ese ave que no puede volar se le aparece, pero gracias al que ella va sacando la cabeza del hoyo y se arma de valor para ir moviendo poco a poco cosas en su desoladora existencia. Mostafa juega con el terror, con el body horror, sin que esos momentos interrumpan el verdadero terror de la historia: la deshumanización más cruel.

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