Crítica de ‘Así llegó la noche’: Entre la huida y el vínculo

Crítica de ‘Así llegó la noche’: Entre la huida y el vínculo

Así llegó la noche

Una reflexión sobre el deseo de desaparecer y la tensión entre el aislamiento y los vínculos que nos sostienen.

★★★★

En su ensayo Desaparecer de sí: una tentación contemporánea (Ediciones Siruela, 2016), el sociólogo y antropólogo francés David Le Breton explora una necesidad cada vez más común en nuestro mundo moderno: la de ausentarse, “desaparecer de uno mismo”, renunciar, en fin, a la exigencia constante de identidad, visibilidad y rendimiento. En estos tiempos de hiperconexión, marcados por la productividad y el exceso de obligaciones, este retiro deliberado de la vida cotidiana puede leerse, reflexiona el filósofo de Le Mans, como una forma de resistencia silenciosa. En torno a esta idea toma forma Así llegó la noche, el excelente tercer largometraje del cineasta y productor gallego Ángel Santos. La película (en cuyos fondo y forma resuena la también reciente Una quinta portuguesa, de Avelina Prat) sigue las vagabundeantes derivas de Pablo, un solitario y lacónico escultor que ha establecido su taller en una apartada zona rural de la costa gallega, un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. Allí, Pablo busca alejarse de todo y todos: corta sus lazos familiares, no contesta al teléfono y deja que el listado de mails no leídos crezca y crezca hasta el infinito. Tomando esta situación como punto de partida, el cineasta decide quebrar su relato a mitad del metraje: el punto de vista de la historia, hasta entonces limitado de forma exclusiva a Pablo, se traslada entonces a Andrea, una antigua novia que decide visitar al artista asegurando estar preocupada por él. De narrativa elíptica y aroma melancólico y existencial, la película de Santos, poseedora de una apabullante capacidad para trasladar a imágenes el misterio de lo inefable, sitúa en su centro, rehuyendo siempre cualquier subrayado simplista, uno de los dilemas estructurales de la vida adulta en la individualista sociedad contemporánea: ¿son las responsabilidades que vamos adquiriendo en la vida —los amigos, la pareja, la familia— ataduras que nos alejan de nuestro propio yo? ¿O, en realidad, son precisamente estos vínculos —amar al otro y dejarse amar por él— los que nos anclan al mundo y, lejos de limitar nuestra libertad, la hacen verdaderamente posible?

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