Crítica de ‘Backrooms’: Un laberinto sin clave

Crítica de ‘Backrooms’: Un laberinto sin clave

Backrooms

Entre la pesadilla y el experimento mental, Backrooms desarma la mirada racional del espectador.

★★★★½

Defendía Susan Sontag, en su emblemático Contra la interpretación, que, más que una hermenéutica, necesitamos una «erótica del arte». En aquel ensayo de 1966, la filósofa y ensayista estadounidense ponía en cuestión la habitual tendencia de la crítica cultural a intentar “desentrañar” las obras de arte, buscando en ellas significados ocultos, símbolos o mensajes. La interpretación excesiva, sostenía Sontag, terminaba por empobrecer la experiencia estética: en nuestra relación con el arte, ver, escuchar y sentir debería prevalecer siempre sobre la búsqueda exhaustiva de sentidos. Las reflexiones de Sontag resultan muy pertinentes a la hora de enfrentarse a Backrooms, el debut en el largo del youtuber Kane Parsons, cineasta de tan solo 21 años que, en 2022, se hizo viral con un cortometraje inspirado en la creepypasta de los “espacios liminales”, y que sirve ahora como punto de partida para su ópera prima. La película, situada en un territorio híbrido donde convergen el lenguaje del cine y la gramática de internet, se articula como una experiencia fascinante que nos sumerge en un estado de inquietud y extrañeza persistentes. 

La estructura narrativa de Backrooms parece funcionar como equivalente directo de los espacios por los que transitan sus personajes: habitaciones imposibles, arquitecturas dislocadas y laberintos que escapan a cualquier concepción racional del espacio. Frente a la mirada cartesiana con la que nos orientamos en el mundo cotidiano, la película —y es por esto que resulta tan aterradora— se desarrolla en un entorno que desestabiliza por completo nuestras coordenadas de comprensión. Durante todo el metraje, los protagonistas del relato intentarán, sin éxito –al igual que nosotros, los espectadores–, cartografiar ese mundo imposible: dibujan, exploran, abren puertas en busca de una lógica subyacente, pero cada intento de ordenación no hace más que confirmar su carácter inabarcable.

El resultado de la propouesta es una experiencia de extrañamiento radical, en la que el sinsentido no se formula en términos metafísicos o existenciales abstractos, sino de manera estrictamente física: paredes, pasillos, techos y puertas que dejan de obedecer las leyes habituales del espacio. Podríamos aproximarnos a la película desde múltiples prismas —entenderla como un thriller psicológico, como el relato de un trauma o como un mind game film cercano a títulos como Primer o Coherence, e incluso a ciertas derivas de David Lynch—, pero ninguno de ellos termina de agotar su funcionamiento interno ni de fijar un significado definitivo. Su estructura permanece abierta, fragmentaria, en permanente tensión entre hipótesis interpretativas que nunca llegan a cerrarse del todo. Estamos, en fin, ante una experiencia fascinante regida por la lógica quebrada de una pesadilla. Lo suyo es dejarse arrastrar por el desasosiego en la que es, desde ya, una de las grandes cumbres del cine de terror en lo que va de siglo.

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