Crítica de ‘Dos días’: Una última escapada

Crítica de ‘Dos días’: Una última escapada

Dos días

Un delicado retrato de la tercera edad que encuentra en la amistad y la memoria una forma de resistencia frente al deterioro.

★★★

Partiendo de una experiencia autobiográfica —la lenta pérdida de facultades de su propio abuelo, al que hasta entonces había tenido siempre por un ídolo indestructible—, el debutante Gonzaga Manso firma en Dos días un agridulce homenaje a la tercera edad y sus inevitables achaques, poniendo de relieve el paternalismo con que, tantas veces, tiende a mirarse a los mayores en el seno familiar. La película relata la última escapada de José Antonio, un anciano de 89 años (interpretado por un Saturnino García que ha cumplido ya los 91) que, desoyendo las prohibiciones de hijos y nietos, sale a pescar con un viejo amigo con el que perdió relación hace años. El sol se pone, la barca se queda sin gasolina y Antonio y Mindo (este último interpretado por un sorprendente Jesús Outes, no actor) deberán pasar la noche a la intemperie esperando a que alguien les eche en falta y acuda en su rescate. Manso, que, además de cineasta, es fotógrafo de profesión, presta en su primer película especial atención al acabado estético, apostando por una puesta en imágenes de luz suave y naturalista y tono eminentemente sensorial, en todo momento atravesada por una tenue melancolía que trae a la memoria el cine de Alexander Payne. La oposición formal entre los dos espacios en los que se desarrolla el relato —el mar, filmado mediante encuadres más estáticos e íntimos, y la casa familiar, capturada en largos planos secuencia atravesados por el caos doméstico— equilibra con elegancia una película afable, luminosa y vaciada de toda ínfula sobre el derecho a la autonomía de quienes se hayan ya inmersos en la tercera edad.

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