Crítica de ‘El sonido de la caída’: Los fantasmas del trauma compartido

Crítica de ‘El sonido de la caída’: Los fantasmas del trauma compartido

El sonido de la caída

La directora alemana Mascha Shilinski ganó el Premio del Jurado ex aqueo (con Oliver Lax) por El sonido de la caída, drama sobre el dolor y la violencia intergeneracionales sufridos por las mujeres.

★★★½

Alma, Erika, Angelika y Lenka son cuatro niñas que habitan una misma granja del campo alemán a lo largo de un siglo. Alma es la más pequeña de una familia de agricultores que vive allí en los años 10 del siglo pasado. La niña está obsesionada con la muerte, por todo lo que ve, ella misma cree estar muerta. Décadas más tarde, Erika es una adolescente, obsesionada con su tío de pierna amputada, hermano de Alma. Angelika es sobrina de Erika, estamos en los 80, y es acosada por su tío y su sobrino. Con Lenka llegamos a la actualidad, su familia acaba de comprar la granja y la quiere remodelar, pero todo lo que ha pasado allí empieza a afectarlas, es el fantasma del trauma, del dolor, sale de las paredes y se va colando en sus propios cuerpos.

Basándose en el lugar y en el poder de la imagen, la directora alemana Mascha Schilinski reflexiona en El sonido de la caída a través de los cuerpos y de las miradas de sus protagonistas sobre la memoria colectiva, una memoria que, en el caso de las mujeres, acarrea la violencia ejercida contra ellas, un dolor que se va pasando de unas a otras y nos coloca en una posición de alerta sin saber explicar muy bien por qué. 

Esa reivindicación de la memoria colectiva corporal la realiza a través de la reiteración (quizá exagerada) de las mismas imágenes, de una poesía visual que circula en espiral y en flashes, como esa memoria, esos recuerdos, propios y compartidos, pero que nunca son lineales y no ofrecen alivio.

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