Crítica de ‘Habitación Nº 13’: Los ecos de la violencia

Crítica de ‘Habitación Nº 13’: Los ecos de la violencia

Habitación Nº 1

Mattias Johansson Skoglund firma un relato de terror ambientado en una residencia de ancianos, tan inquietante y personal como irregular en su desarrollo.

★★½

Las residencias de ancianos poseen un incuestionable potencial como escenario para las historias de terror. La soledad no deseada, los achaques físicos y mentales y la cercanía de la muerte parecen materializarse, mejor que en ningún otro lugar, en esos espacios donde la vida, en su último tramo, queda reducida a horarios, registros y pequeñas rutinas que ya no apuntan hacia futuro alguno. En línea con películas recientes como la polaca Night Silence (2024) o la australiana La ley de Jenny Pen (2024), el debut en el largometraje del sueco Mattias Johansson Skoglund, de título Habitación Nº 13, se apropia de este contexto para abordar los traumas imborrables de la violencia doméstica a través de la irrupción de un padre abusivo que, como una presencia fantasmal, regresa del «otro lado» para seguir atormentando la existencia de sus víctimas. El resultado es un film de terror de cocción lenta, sobrio en sus formas y modesto en sus pretensiones, que acierta al apartarse de la parafernalia habitual del cine de posesiones para, esquivando clichés, apostar por la búsqueda de una voz propia. Con todo, y pese al evidente talento de su director para impregnar las imágenes de una atmósfera ominosa, la película acaba viéndose lastrada por su multiplicidad de puntos de vista, cuestión que termina enmarañando de más un relato cuyo mayor interés reside, precisamente, en las resonancias íntimas de su premisa.

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