Crítica de ‘He-Man y los Masters del Universo’: El (super)poder de la ingenuidad

Crítica de ‘He-Man y los Masters del Universo’: El (super)poder de la ingenuidad

He-Man y los Masters del universo

Aunque disfrutable por su ligereza kitsch, la nueva adaptación en imagen real de Masters del Universo no siempre logra escapar a la homogeneización estética del cine de franquicias actual.

★★★

Han pasado casi cuatro décadas desde el estreno de Masters del Universo (Gary Goddard, 1987), la primera y, hasta este año, única adaptación en imagen real de la emblemática serie de animación creada por Michael Halperin. En esta era dorada del remake, el reboot, el revival y otros tantos sucedáneos (hijos todos de esa mercancía cultural de primer orden que es, hoy por hoy, la nostalgia), resulta extraño que se haya tardado tanto en traer de vuelta esta fantasía medieval de ciencia ficción que hizo las delicias de muchos chiquillos nacidos y crecidos en los 80. En esta nueva versión, Nicholas Galitzine sustituye a Dolph Lundgren (que protagonizó la película del 87, y que tiene aquí un divertido y tierno cameo) para dar cuerpo y voz a Adam, un príncipe extraterrestre criado en la Tierra que, tras reencontrarse con su pasado, deberá regresar a Eternia para detener los planes de Skeletor, hechicero de rostro cadavérico obsesionado con usurpar el trono.

Escrita por Chris Butler y dirigida por Travis Knight, responsables de algunas de las cimas creativas de Laika Entertainment, la película funciona porque, sabiéndose naíf y tontorrona, abraza sin reservas la épica grandilocuente y el tono desenfadado inherentes a su condición de fantasía pulp juvenil. También propone, y esto deja un regusto agradable, un cuestionamiento de esa masculinidad rígida, tan propia de los ‘héroes de acción’, que entiende la vulnerabilidad como una forma de debilidad. El problema, al menos en opinión del que escribe, es que nunca logra despegarse de ciertos automatismos del cine de franquicias contemporáneo: su apuesta absoluta por una imaginería digital más bien fea termina otorgándole a la película un acabado ciertamente impersonal, por momentos más propio de la cadena de montaje del blockbuster contemporáneo que de la personalidad artesanal que cabría esperar del director de Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016).

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