Una comedia negra tan elegante como venenosa sobre el privilegio entendido como licencia moral.
★★★½
En Jugada maestra, el cineasta John Patton Ford toma prestado el andamiaje narrativo de Ocho sentencias de muerte (1949) para, trayendo aquella historia al contexto presente, dar forma a una perversa y gozosa sátira sobre las élites contemporáneas, criadas en la impunidad y desconectadas de toda realidad material. La película, segundo largo del director tras el electrizante thriller Emily la estafadora (2022), narra la historia de Becket (magnético Glenn Powell), un hombre que, aunque procedente de la alta alcurnia, nunca ha sido reconocido por su familia como tal (su abuelo, ante la negativa de su madre a abortar tras quedarse embarazada, la expulsó del hogar cuando contaba tan solo 18 años). Una vez que su madre fallece, Becket, harto de los embates de una vida precaria, toma una sabia decisión: deshacerse, uno a uno, de todos aquellos parientes que llevan décadas disfrutando del apellido que, en el fondo, también le pertenece. Y quedar, claro, como heredero único de la gran fortuna. Con unas deliciosas lentes anamórficas Panavision que otorgan a la película un look analógico, Patton Ford firma una refrescante y febril comedia negra que, hermanándose con el Scorsese de El lobo de Wall Street (2013) y el Raimi de Send Help (2026), arroja una cínica mirada sobre ese grotesco carnaval de impunidad, codicia e infantilismo emocional que es el capitalismo contemporáneo. Muy divertida.
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