Crítica de ‘La buena hija’: El maltrato que no se ve

Crítica de ‘La buena hija’: El maltrato que no se ve

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Júlia de Paz extiende lo que planteó en su corto Harta y también lo que coescribió en la serie Querer.

★★★

“¿Puedes parar de llorar?”, le dice Carmela en un momento dado a su madre. Se lo dice enfadada, harta, cansada. Así se siente por esa situación que no acaba de entender o no es capaz de asumir. Su padre no está ya en casa y ella y su madre se han mudado con su abuela. Su madre llora a escondidas, en silencio, pero Carmela sabe cuándo lo hace. Hay pequeñas pistas que nos van llegando para entender qué ha pasado, hasta que la madre acompaña a Carmela a un centro donde verá a su padre. Todo sigue pareciendo casi normal, se abrazan, se ríen, se lo pasan bien. Pero en la siguiente visita algo altera al padre, la tensión, el peligro, las amenazas veladas, la indiferencia, el silencio… En La buena hija, Júlia de Paz expande lo que trazó en Harta (repitiendo con Julián Villagrán), pero se lo lleva al territorio de la serie Querer en la que no parece tan obvio el maltrato, hay muchas zonas grises, sí, pero todas, si abres los ojos, se van volviendo siempre muy oscuras. Es el maltrato que no se ve, al menos a simple vista y que una chica de su edad le cuesta comprender. Para mostrarnos también en qué está Carmela a su edad, la seguimos en el instituto, con sus amigas, hablando de chicos, de besos, de cigarros robados, de nada… Esas escenas, por cierto, son lo más fresco e interesante del filme con un grupo juvenil muy brillante.

 

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