La Grazia es una película sobre el amor, la duda, la responsabilidad, la paternidad y, sobre todo, la ética.
★★★★
La última película de Paolo Sorrentinso se inspira en la fascinación de Sorrentino por El decálogo, de Kielowski y en la actualidad: en 2019, el presidente Mattarella indultó a Giancarlo Vergelli, un hombre de 88 años condenado por el asesinato de su esposa, quien padecía Alzheimer. La estranguló con un pañuelo, permaneció con ella durante aproximadamente una hora y luego se entregó a la policía. A partir de aquí, Sorrentino construyó (en parte) el personaje de Mariano De Santis (encomendado, por supuesto, a Toni Servillo), el presidente de la República que ha entrado en el final de su mandato y aún enfrenta varios desafíos que marcarán su legado: una ley de eutanasia que se firmará en contra de la voluntad del Papa, dos controvertidas solicitudes de indulto y el enfrentamiento con su hija, también jurista (interpretada por Anna Ferzetti).
La Grazia, sin embargo, no es un thriller político; trata sobre el amor y sus diversas formas, el amor en relación con el dolor, la traición, el poder e incluso la muerte. Sorrentino define el amor como el motor inagotable que impulsa la duda, los celos, la ternura y la comprensión de las cosas, de la responsabilidad. Lo analiza en el contexto más institucional posible, el del Quirinal, volviendo a centrarse en una figura de poder político, pero sin obsesionarse con los rituales del cargo.
El tono más político de Sorrentino reside en su llamamiento explícito a los políticos para que practiquen la duda, para que no se escondan tras sus propias certezas, sino que busquen la discusión y el diálogo, incluso en temas tan delicados como la eutanasia. “¿De quién son estos días?” es la frase más incisiva, conmovedora y oportuna que pronuncia repetidamente.
El presidente De Santis se ve afectado por esta duda, por la visión de su hija de una nueva realidad. Siente la responsabilidad de entregarse a un futuro que, sin duda, no podrá ver, y que le importa poco. Sin embargo, acepta, como padre, la oportunidad de volver a ser hijo.
Estos temas están bien representados por algunos elementos, especialmente musicales, que resaltan estas almas aparentemente opuestas y, como de costumbre, mezclan lo sagrado con lo profano, lo aristocrático con lo popular: el Presidente de la República siente tanta pasión por el rap de Gue Pequeno que Sorrentino cede a la tentación de incluir un cameo del propio rapero en la película.
En definitiva, La Grazia es una película que une con éxito las dos almas de Sorrentino que mejor se han expresado a lo largo de su carrera: la políticamente comprometida, gracias a una película que aborda cuestiones morales en un período histórico en el que “la ética se usa con demasiada frecuencia solo por razones instrumentales”; y la que se deja seducir por personajes desmesurados, capaces de aliviar la tensión y ofrecer al espectador fragmentos de memorabilidad sorrentiniana.
Y en tiempos como estos, tener la gracia de reconciliar estos dos opuestos no es poca cosa, incluso para los directores más consagrados.
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