★★★½
Dividida en tres actos, La vida de Chuck arranca por el final: en un escenario de emergencia climática, una irrefrenable concatenación de hundimientos, sismos y erupciones volcánicas a escala global parece augurar la llegada del fin del mundo. En mitad de una ciudadanía sumida en el desasosiego, un mensaje recurrente aparece por todas partes —en la radio, en la televisión, en las vallas publicitarias—: ¡Gracias, Chuck, por 39 grandiosos años! El texto viene siempre acompañado por la imagen de un tipo trajeado, sonriente, de mediana edad. Nadie entiende nada: ¿Quién es el tal Chuck? ¿Qué será eso tan importante que habrá hecho? ¿Qué lo hace tan especial para que, cuando el Día del Juicio está por llegar, su imagen haya terminado por invadirlo todo? Este es el enigmático punto de partida de la nueva película de Mike Flanagan, quien, de nuevo, traslada a la pantalla un texto de Stephen King con suma destreza, dando muestra de unas maneras cada vez más depuradas, propias de un encomiable clasicismo que renuncia a todo aspaviento formal. En esta ocasión, Flanagan se desliga de los códigos del terror y el suspense tan propios del autor de El resplandor para aproximarse a la vena más humanista del escritor: aquella que indaga en el lado esperanzador de la tragedia y en la belleza del milagro íntimo —en este sentido, la película entronca con Cadena perpetua y La milla verde, las dos obras maestras de Frank Darabont, otro magnífico adaptador del King más luminosamente existencial—. Conviene no desvelar mucho más acerca de un film que, abrazando el lenguaje de la épica con el objetivo último de subvertir el concepto de heroicidad, se erige como una celebración de la grandeza de la vida ordinaria, con sus pequeños logros, sus múltiples renuncias y su ausencia de hazañas colosales.
© REPRODUCCIÓN RESERVADA
