Crítica de ‘Los justos’: Veredictos de conveniencia

Crítica de ‘Los justos’: Veredictos de conveniencia

Los justos

Una afilada reflexión acerca de la fragilidad de la justicia colectiva cuando la ética empieza a tener precio.

★★★

Un jurado popular se encuentra deliberando, a puerta cerrada, sobre un controvertido caso de corrupción política. En un primer momento, sus nueve integrantes, aislados del exterior hasta que sean capaces de alcanzar un acuerdo, demuestran tenerlo todo muy claro: las pruebas son concluyentes, la opinión pública ya ha dictado sentencia y parece imposible negar la culpabilidad del investigado. Sin embargo, pronto reciben una inesperada propuesta que podría cambiar las tornas: cada uno obtendrá un millón de euros si decide modificar su voto de culpable a inocente. Con una inspiradora frase de Anatomía de un asesinato, el clásico de Otto Preminger, arranca Los justos, película con la que co-debutan en la dirección los guionistas Jorge A. Lara y Fer Pérez. Una cita admirativa sobre la frágil capacidad humana para impartir justicia de forma colectiva que, pensada en retrospectiva, una vez aparecen los títulos de crédito finales, no puede leerse más que como una sardónica ironía. La película, en la que resuenan desde dramas judiciales clásicos (12 hombres sin piedad, 1957) a comedias españolas recientes que, a través de un microcosmos, dejan ver las fisuras y contradicciones de la democracia (Votemos, 2025), apuesta con acierto por la sobriedad más absoluta en términos de puesta en imágenes. Su planificación visual, de orden casi clínico, retrata con notable pericia la frialdad del contexto burocrático y desapasionado en el que los personajes deben moverse, algo que colisiona de frente con la deformación caricaturesca que van sufriendo sus caracteres. La precisión y elegancia del montaje y la deliciosa banda sonora orquestal de Beatriz López-Nogales, construida a partir de texturas vocales polifónicas, suman puntos a un film deliberadamente teatral que aspira a recordarnos que la corrupción está lejos de ser patrimonio exclusivo de la clase política. Aunque muy bien interpretado, pierde algo de fuelle (por tornarse explicativo de más) en el momento en que sus personajes comienzan a verbalizar las motivaciones que cada uno encuentra en traicionar los propios principios.

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