★★★
Ash, un joven metódico y frío de oscuro pasado, ejerce en la sombra como negociador experto en conflictos entre empresas y denunciantes. Su rutina cambia al recibir la llamada de Sarah, una exempleada farmacéutica con información peligrosa que está recibiendo constantes amenazas. Lo que parecía un caso común para Ash se convierte pronto en una carrera contrarreloj tras la que se esconde una peligrosa conspiración. Este es el punto de partida de Relay, sobrio film de intriga de ademanes clásicos que sitúa en su centro uno de los grandes tropos del thriller: el héroe anónimo que protege a los débiles. Que la película de David Mackenzie (Comanchería, 2016) no pierda interés durante sus casi dos horas de duración -es convencional pero siempre elegante, sugestiva durante la mayor parte de su metraje- tiene que ver, principalmente, con su meticulosa narrativa visual, su gelidez dramática, su manejo contenido de la acción y su estilizado empaque estético, en el que resuenan, salvando las distancias, las poéticas de David Fincher y Denis Villeneuve. Con todo, el relato, que funciona también como comentario crítico sobre los abusos de poder y la falta de ética empresarial de las grandes corporaciones, tropieza estrepitosamente en su último tramo con un arbitrario giro de guion que busca desesperadamente zarandear al espectador, quien, más que epatado ante el radical cambio de rumbo de la historia, muy probablemente se sienta insatisfecho. Una pena.
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