Crítica de ‘Scary Movie’: Veinticinco años después

Crítica de ‘Scary Movie’: Veinticinco años después

Scary Movie

Más de dos décadas después del estreno de las dos primeras entregas, los Wayans recuperan la franquicia que los lanzó al estrellato con resultados irregulares.

★★

Fluidos corporales, humor fálico, uso y abuso de las drogas y chistes de mariquitas a cascoporro: en la nueva Scary Movie los ingredientes continúan siendo los mismos que en las dos primeras entregas de la franquicia. Veinticinco años después de haber sido apartados de la saga (en 2001, tras Scary Movie 2) por sus diferencias con Miramax, los hermanos Wayans recuperan el timón y vuelven a apostar por el humor zafio y de trazo grueso que, con la entrada del nuevo siglo, los convirtió en un fenómeno mundial. En aquel momento, la fórmula tuvo gracia, y mucha: los Wayans supieron encontrar un filón al parodiar, echando mano del humor absurdo propio de las spoof movies de los ZAZ, el renacimiento del slasher que había tenido lugar tras el exitoso estreno del primer Scream (1995).

Era de esperar que, veinticinco años después, buena parte de aquella frescura se hubiese evaporado: empeñada en confundir acumulación con ingenio, Scary Movie 6 toma prestado el planteamiento de Scream V (2022) para, riéndose de los remakes, reboots y revivals tan propios de nuestro tiempo, convertirse en una incesante ametralladora de chistes deshilvanados —¿quince, veinte gags por minuto?— de los que tan solo unos poquitos logran hacer diana. Los que funcionan, eso sí, lo hacen con creces: sirvan como ejemplo las inspiradas secuencias que parodian Weapons y La sustancia, o las líneas de diálogo en las que los Wayans arremeten contra las entregas 3, 4 y 5 de la saga.

Sin embargo, su agotador frenetismo (no hay lugar para el respiro en un metraje que apuesta por el estímulo constante), su poco elaborado trabajo con el gag visual (algo clave siempre que hablamos de slapstick) y la ausencia de una mínima estructura narrativa (en favor de la acumulación desordenada de sketches) acaban perjudicando a una película que vive mayoritariamente de las rentas y cuyo pretendido gamberrismo anti-woke nunca deja de percibirse, en fin, ciertamente acartonado

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