Jeremy Allen White se mete en la piel de Bruce en Springsteen: Deliver Me From Nowhere.
★★★
Desconozco si en todos los pases públicos, saldrá el director Scott Cooper explicando al espectador su pasión por este proyecto y qué van a ver a continuación (como ocurrió en el pase especial para prensa)… Si no aparece, ni han leído nada antes de verla, no sabrán, quizá, que la película se centra exclusivamente en un capítulo muy concreto de la vida de Bruce Springsteen durante la creación del disco Nebraska y del himno Born in the USA, un punto de ruptura en su carrera y en su biografía, uno de los episodios más oscuros que vivió, pero también de los que salió con más esperanza. Centrarlo en ese momento es ya un acierto, visibilizar de tal forma la depresión y salud mental de una estrella como Bruce Springsteen, lo es. En el momento en el que su carrera estaba casi casi en lo más alto, él escogió volver a casa y mirar hacia dentro, enfrentarse a sus demonios y exorcizarlos con canciones que, por suerte, su productor Jon Landau (un siempre genial Jeremy Strong) comprendió y apoyó, aunque se alejaban mucho de lo que venía haciendo.
La película no sólo habla de sus demonios personales, también de la esquizofrenia que padeció su padre y que tanto le afectó desde niño, de la soledad, de la culpa. Es la vida de un (otro) músico atormentado, pero, claro, ese músico es Bruce Springsteen y eso ya parte desde un interés que, con un poco de buena mano y buenas interpretaciones (Jeremy Allen White lo tenía difícil, y tiene algunos momentos mejores que otros como el Boss), tiene mucho ganado. Y es lo que la pasa exactamente a esta película. Springsteen: Deliver Me From Nowhere no es el mejor de los biopics, pero sí uno que disfrutarán mucho sus fans siempre incondicionales. Y los que, sin querer, crecieron (crecimos) con esa música.
© REPRODUCCIÓN RESERVADA