★★★
En su tan esperado reinicio del Universo DC, cuya dirección creativa corre ahora a su cargo, James Gunn sale ganando cuando se decide a jugar en casa. Así, en Superman queda de nuevo patente el gusto del cineasta por el slapstick y el cartoon, por el diseño de producción retro de aroma camp, por la febril monstruosidad y la imaginería grotescamente delirante tan propias del exploitation. Sin embargo, esta mirada moderna sobre la cultura pop (y su reverso trash) con la que Gunn supo insuflar nueva vida, en un momento dado, a los universos de Marvel y DC (con sus tres Guardianes de la Galaxia y su Escuadrón Suicida, respectivamente) se percibe aquí, en demasiadas ocasiones, atomizada por muchos de los tics del blockbuster “marvelita” contemporáneo, con su tan característico exceso de pantallas verdes y su atolondrado (y atolondrante) barullo narrativo. Si bien Gunn nunca pierde del todo el timón, por momentos su película parece querer ser muchas cosas (incluso una exploración de las consecuencias de la cultura de la cancelación, además de una ficción especulativa crítica con el papel de Estados Unidos en los conflictos ruso-ucraniano y árabe-israelí a través de la provisión de material militar) y acaba por no ser ninguna del todo. Pese a ello, no deja de resultar celebrable que un tipo como Gunn, cuyo manera de acercarse a los héroes de cómic bien podría recordar, en textura y espíritu, al Guillermo del Toro de Hellboy o Pacific Rim, esté ahora al frente de un proyecto (el nuevo DCU) que, hasta hace tan poco, adolecía de una preocupante falta de coherencia e identidad. Dos cosas que a Gunn le sobran.
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