Cherien Dabis firma un drama de alcance histórico que explora la memoria herida del pueblo palestino a través de un microcosmos familiar.
★★★½
Tras más de una década ejerciendo como realizadora televisiva (su última película, El verano de May, se estrenó en 2013), la cineasta palestina Cherien Dabis regresa al terreno del largometraje con un film humanista que, en su vocación panorámica, aborda la larga historia de violencia del pueblo palestino a través de un reducido microcosmos familiar. El relato arranca a finales de los años ochenta, cuando, en el contexto de los primeros levantamientos populares palestinos en los territorios ocupados por Israel, un joven insurgente resulta gravemente herido. A partir de este hecho, la madre del adolescente comienza a narrar la historia de la familia, remontándose hasta 1948, año en el que, tras la proclamación del Estado de Israel, cientos de miles de palestinos fueron expulsados de sus hogares. El film recorre en retrospectiva la vida de tres generaciones: los abuelos, que sufrieron en carne propia el desplazamiento forzado; los padres, entonces niños, que crecieron en el exilio y aprendieron a reconstruir sus vidas lejos de su tierra; y los nietos, quienes deciden tomar partido y rebelarse contra la opresión. En lugar de abordar de forma directa el conflicto armado, la directora desplaza el foco hacia sus consecuencias íntimas, explorando la progresiva descomposición de una familia sometida durante décadas al abuso y la humillación. El resultado es una película de formas convencionales pero eficaces; un relato de vocación claramente catártica que, sin renunciar a ciertos resortes melodramáticos pero sorteando en gran medida sus excesos, pone en pantalla con notable fuerza expresiva el horror del desarraigo y las consecuencias de la violencia estructural que ha atravesado la experiencia palestina a lo largo de las generaciones.
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