Una batalla tras otra, otra obra maestra de Paul Thomas Anderson.
★★★★★
Que la lucha jamás cese: es momento de echar mano del relevo allá donde otros lo dejaron y salir al frente, dar la cara, arremeter contra toda forma de totalitarismo. En su nuevo largo, Una batalla tras otra, una muy personal adaptación de la novela de Thomas Pynchon Vineland (1990), Paul Thomas Anderson pone en imágenes la odisea de un antiguo revolucionario de los 70 que, en el mundo del presente –un tiempo que ya no es el suyo, al que ya no pertenece–, desencantado con la vida y sumido en la marihuana y el alcohol, deberá luchar con uñas y dientes por rescatar a su hija adolescente de un viejo enemigo de juventud. Y conviene no contar mucho más: la décima película de Paul Thomas Anderson, feroz puñalada a la Norteamérica de Trump más pertinente que nunca, es tan impredecible, excéntrica, lírica, descacharrante, tierna, nostálgica, intrigante y esperanzadora (y tantísimas cosas más) que sería un verdadero pecado estropearle al lector la apabullante experiencia cinematográfica que supone su visionado. La película, filmada en un granuloso 35 mm que huele a años 70 y en formato VistaVisión, derrocha inventiva en cada secuencia: cada estilizada decisión de puesta en escena; cada acorde discordante de la casi omnipresente partitura de Jonny Greenwood; cada gesto, frase, mirada de su protagonista, un totémico Leo DiCaprio ataviado con una bata y unas gafas de sol, siempre fuera de su sitio, que tiene mucho del Nota Lebowski; cada uno de sus personajes secundarios, del sensei de Benicio del Toro al antológico villano al que pone cuerpo Sean Penn. Permanece, durante el visionado, la sensación de estar ante una obra profundamente calculada pero derrochante de vitalidad, espontaneidad, genuina fiereza. Y, cuando parece que la cosa ya no podría ir a mejor, el director de Pozos de ambición (2007) filma una ondulante persecución por carretera que no hace más que corroborarlo: el suyo es uno de los talentos más geniales del cine contemporáneo. Una obra maestra, en fin, sobre la importancia de desacralizar a los padres, aprender a quererlos con sus errores, abrazar su legado y continuar con la lucha que ellos empezaron. O, al menos, permanecer en ella hasta que, de nuevo, sea el momento de ceder el testigo.
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