Crítica de ‘Una película de miedo’: La sombra de los hombres que se marchan

Crítica de ‘Una película de miedo’: La sombra de los hombres que se marchan

Una película de miedo

Sergio Oksman convierte un juego de fantasmas compartido con su hijo en una estimulante reflexión sobre las herencias familiares y los miedos que sobreviven fuera de la ficción.

★★★½

El cineasta brasileño-español Sergio Oksman decide pasar, junto a su hijo Nuno, unos días de vacaciones en un histórico hotel de Lisboa, hoy por hoy abandonado. El niño, de doce años, se encuentra atravesando un período de fascinación por el cine de terror (aunque, asegura, ninguna película logra darle miedo, por mucho que él se esfuerce), y el director considera que habitar por un corto periodo de tiempo entre las paredes de ese caserón fantasmal podría hacer las delicias de un chico al que todavía no le han dejado ver, dada su corta edad, el clásico de Kubrick El resplandor. Mediante un estilo austero y observacional (en línea con la poética que el cineasta ya desplegó en su fantástica O Futebol, de 2015), Oksman filma, en largos planos mayoritariamente estáticos, el último verano de la infancia de su hijo en un documental híbrido, abierto y fragmentario, repleto de derivas y despojado de toda tesis; una película pequeñita e íntima que, al tiempo que reflexiona sobre los mecanismos que convierten la realidad en relato, pone en diálogo la fascinación “infantil” por el horror de la ficción con los miedos más reales, que arriban cuando enfrentamos la adultez

Así, con los ecos de El resplandor sobrevolando el metraje (esos largos pasillos desiertos; esa habitación clausurada, la 103, a la que está prohibido acceder), Una película de miedo coquetea con el género de terror desde un prisma lúdico que permite a Oskman acercarse, de manera oblicua, a temores mucho más reconocibles: los que pertenecen a la vida real. Reflexionando sobre la predisposición genética de la locura, tan presente en los relatos cinematográficos que exploran el origen de la violencia y la criminalidad, Oskman comenzará a repensar su historia familiar para terminar cuestionándose a sí mismo: su abuelo abandonó a su padre; después, su padre replicó el patrón cuando él apenas contaba dos años. A Oskman, que también se divorció de su mujer siendo su hijo muy pequeño, lo atormenta una duda: ¿habrá heredado esa misma tendencia a la huida? Y, más importante aún, ¿acabará su hijo repitiendo la historia?

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