★★★
En un futuro distópico, cien jóvenes son obligados a competir en “La larga marcha”, una prueba despiadada en la que deben avanzar sin parar: cualquier pausa o disminución de ritmo significa la muerte. Solo uno llegará con vida al final. Este es el punto de partida de la novela de Stephen King The Long Walk, publicada en el año 1979 bajo el seudónimo de Richard Bachman; un relato profundamente desesperanzador sobre la deshumanización del hombre en el marco de una sociedad de control. Detrás de la cámara de esta adaptación que ahora se estrena está el cineasta y realizador de videoclips Francis Lawrence, quien ya demostró sobradas capacidades para trasladar distopías literarias a la pantalla con gran éxito de público -suyas son la adaptación de la novela de Richard Matheson Soy Leyenda (2007) y cuatro de las cinco entregas de Los juegos del hambre-. El relato de King -y, por ende, la película de Lawrence- funciona en clave alegórica: puede leerse, por un lado, como metáfora de la irracionalidad de la guerra; también, por otro, como encarnación simbólica de la voracidad del capitalismo: quien se detiene, quien duda, quien claudica es rápidamente devorado por un sistema que exige orgullo, determinación y una ambición sin límites. La conversión de la muerte en espectáculo, una lacra tan relevante hoy en día, es otra de las dianas de esta descorazonadora historia de King, quien, como tantas veces -sirvan de ejemplo It o Cuenta conmigo-, reivindica la amistad, el compañerismo y la camaradería como último bastión de la esperanza. La película de Lawrence, sin embargo, cumple tan solo a medias: tan entretenida como, por momentos, redundante y melodramática, comete un error imperdonable: dar demasiado espacio a la violencia en pantalla, tomando parte, en cierto modo, de esa espectacularización del dolor que aspira a denunciar.
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