Crítica ‘Los asesinos de la luna’: el punto de unión entre el western clásico y la película de gángsters de Scorsese

asesinos

★★★★/★★★★★

La nueva película de Martin Scorsese, con un reparto de excepción que incluye a Leonardo DiCaprio, Robert De Niro, Lily Gladstone y Brendan Fraser, llega mañana a Apple TV.

Por Giorgio Viaro

Los asesinos de la luna es el punto de unión entre el western clásico en su forma seminal, de vaqueros contra indios, y la película de gángsters de Scorsese, en la que un puñado de criminales sin escrúpulos conquistan y luego guarnecen de forma asesina un territorio urbano. Muestra en esencia que en la década de 1920, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, el sistema de exterminio de los indios americanos y de apropiación de sus recursos había cambiado en la forma pero no en el fondo.

La película relata lo sucedido en la reserva Osage, en Oklahoma, entre 1910 y 1930, cuando más de sesenta nativos fueron asesinados en circunstancias que nunca se aclararon y sin que las fuerzas del orden locales se preocuparan realmente de ello. Una masacre que tuvo lugar a la luz del día y de (supuestas) normas sociales, y que fue orquestada por algunos acaudalados rancheros locales, empezando por William Hale, a quien interpreta Robert De Niro en la película.

La razón de todo esto es que en la reserva se habían descubierto yacimientos petrolíferos que habían convertido a la tribu en la población con mayor riqueza per cápita del mundo, despertando de inmediato las miradas de las compañías petrolíferas que necesitaban, digamos, intermediarios, hombres que dentro y fuera de los límites permitidos (por ejemplo a través de matrimonios mixtos) transfirieran a los hombres blancos los derechos hereditarios sobre el territorio y les permitieran controlar el coste del crudo.

Estos son los motivos y las premisas de este extraño híbrido de gángster y western, en una película que comienza con la llegada al condado de Osage de un veterano de guerra, Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio), sin perspectivas ni ideas. La suerte de Ernest es que su tío es en realidad WiIliam Hale, un «benefactor» local, un sheriff sin placa en esa tierra de contradicciones y sustos: le consigue un trabajo como chófer y le aconseja que se case con una chica india, Molly (Lily Gladstone), una de las pocas que siguen libres (y vivas) con un buen pedazo de tierra a nombre de su familia.

Más de dos horas de película sirven para narrar la instalación de Ernest, su adaptación a las reglas y al orden impuestos por su tío: su conciencia es la misma que la del espectador, desconcertado ante un cuadro en el que la división entre buenos y malos no está clara en un principio (los rostros de asesinos y ladrones están en su mayoría ocultos, emergerán vía flashback más tarde) y en el que resulta particularmente difícil comprender cómo se siente el protagonista, alguien que, aunque se casa por conveniencia, pronto parece estar realmente enamorado.

Son tantos los hechos, tantos los episodios yuxtapuestos, los detectives privados, las investigaciones que parecen comenzar y nunca lo hacen, a través de los cuales emerge lentamente el cuadro de esta criminalidad erigida silenciosamente en sistema. Aunque se trata de una película muy larga, la sensación es que la narración avanza demasiado deprisa y la montadora de Scorsese, Thelma Schoonmaker, tiene que dar saltos mortales para que los relatos de la película encajen en una duración aceptable.

En la última hora y el último acto, la película cambia radicalmente de rumbo, cuando el FBI de J. Edgar Hoover envía a sus hombres a Oklahoma, instados por una delegación de nativos, para intentar averiguar qué está pasando. Es en este momento cuando Los Asesinos de la luna se vuelve más «descifrable» y, en cierto modo, amena: buenos y malos ocupan ahora su propio casillero y se trata de saber si la justicia seguirá o no su curso a través de los interrogatorios y las derivas de los juicios. Es también en este punto cuando otra pieza sobresaliente del reparto -Jesse Plemons, Brendan Fraser (fantástico como el abogado presa de las petroleras, uno desea más), John Lithgow- toma el relevo, y uno vuelve a tener la sensación de que la película respiraría mejor con más tiempo entre manos, quizá en formato miniserie.

Luego hay un epílogo precioso, en el que Scorsese se la juega en primera persona y al mismo tiempo demuestra que en realidad no tenía problemas de presupuesto, sustituyendo los clásicos carteles que cuentan el destino de los protagonistas por una especie de recital teatral en los títulos de crédito.

También me parece importante destacar la valentía de DiCaprio al jugársela en el papel de «idiota útil», un hombrecillo mezquino dispuesto a todo para buscarse la vida, manipulado a su antojo por el poderoso. No hay nada épico en su personaje, sobre todo ninguna grandeza (ni siquiera como villano: eso es todo de De Niro), por lo que uno queda completamente sorprendido, algo que es muy raro en Hollywood, los precedentes se pueden contar con los dedos de una mano: significa tener una certeza impresionante en su carrera (DiCaprio también es productor).

Scorsese firma así una película única y diferente -aunque coherente- en su filmografía: hay un aire de kolossal que prescinde de incertidumbres y posibles futuras puntadas de montaje. La denuncia del capitalismo criminal, de los orígenes del imperialismo cuyas modalidades observamos aún hoy a escala mundial, es poderosa y clara, su confianza en el cine total. Hay un compromiso que hay que compartir, menos lúdico que en sus películas anteriores, tal vez se podría decir una mayor moralidad: un pequeño esfuerzo de mirada y de pensamiento que el espectáculo exige esta vez.

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