Crítica ‘Mr. K’ (Festival de Sitges)

'Mr. K', segundo largometraje de la cineasta Tallulah Hazekamp Schwab, ha formado parte de la Sección Oficial del 57 Festival de Sitges.

★★½/★★★★★

Después de pasar la noche en un hotel remoto, el Sr. K, un mago ambulante, se ve atrapado en una pesadilla claustrofóbica cuando descubre que no puede salir del edificio.

Hay en este segundo largometraje de la cineasta noruega Tallulah Hazekamp Schwab una desaforada apuesta por el barroquismo visual que cae en saco roto ya desde los primeros compases. Y es que, pese a su exquisito diseño de producción, la planificación de este relato surrealista no está a la altura de su abigarrada estética, con resoluciones muy básicas en lo que a narrativa cinematográfica se refiere (plano-contraplano-plano general). 

Una simpleza que no es únicamente formal: Mr. K también adolece en el plano literario (un guion demasiado atropellado donde hay mucho de todo) y, especialmente, en el conceptual. Si bien funciona con cierta gracia algún que otro de sus absurdos kafkianos (y sus referencias a Alicia en el País de las Maravillas), la película se cree más lista de lo que es. Porque Mr. K aspira a ser laberíntica, críptica y ambigua pero su pretendida extrañeza se revela muy pronto demasiado evidente en su contenido alegórico (acaba pesando, más que su vitriólica mirada al sinsentido de la existencia, el relato de esa figura mesiánica que llega para soltar los grilletes de una sociedad narcotizada que está lejos de querer ser puesta en libertad). 

Un elemento hace contrapeso con todo esto, si bien no termina de ser suficiente para equilibrar la balanza: la (como de costumbre) fascinante interpretación de Crispin Glover, su protagonista.

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