Crítica ‘Oh, Canada’

El último largometraje del guionista y director Paul Schrader, 'Oh, Canada', llega a los cines hoy, 25 de diciembre de 2024.

★★★

Por Davide Stanzione

Ahora enfermo terminal de cáncer, el documentalista político Leonard Fife (Richard Gere), otrora prestigioso cineasta, rebobina la cinta de su vida para relatar el momento en que, en 1968, en lugar de partir hacia el frente en Vietnam, viajó de Massachusetts a Canadá. Lo hace ante las devotas cámaras de un antiguo alumno, Malcolm (Michael Imperioli) y bajo la atenta mirada de su ex mujer Emma (Uma Thurman), pero pronto se hace evidente que Leonard podría haber estado callando la verdadera razón por la que no fue a la guerra…

Toda la producción de Paul Schrader gira en torno al tema de la culpa y la redención, que también ha explorado en sus últimas películas (la trilogía compuesta por El reverendo, de 2017, El contador de cartas, de 2021, y El maestro jardinero, de 2022), pero Oh Canada! tiene un sabor muy diferente en comparación con los últimos esfuerzos del cineasta y guionista de Taxi Driver.

Dejando a un lado la cruda y turbia disección de una masculinidad maldita, Schrader se concentra esta vez en un protagonista senil, de mirada marchita y picado por la enfermedad, redescubriendo a Richard Gere más de 40 años después de aquel American Gigolo que fue la punta de lanza del imaginario masculino de Schrader: un reencuentro que brinda al actor la oportunidad de volver a interpretar un papel exigente, lidiando con la grisura y el marchitamiento de la vejez pero también con una luz melancólica y desilusionada en su mirada.

La elección de casting de Gere es sin duda perfectamente coherente y preciosa, y aumenta el sabor testamentario de una obra sin duda menor en la galaxia creativa del cineasta, pero dentro de la cual el dispositivo narrativo elegido (una confesión frontal, delante de la cámara) sirve para realzar las coordenadas tranquilas y sofocadas de un verdadero balance existencial con claroscuros y rasgos crepusculares.

Enjaulada con rigor y gracia en las suaves y melosas mallas del cine clásico americano, la narración de ¡Oh Canadá! se articula a través de distintos planos de la narración que se mueven entre el pasado y el presente (en el que Gere de joven es Jacob Elordi), el blanco y negro y el color, en una superposición de estilos y formatos (pantalla panorámica, 4:3) que reafirman totalmente la fe de Schrader en la imagen como dispositivo de elaboración: De la memoria, por supuesto, pero también de los traumas que acaban redefiniéndola y amoldándola a las meras necesidades de supervivencia del yo, sobre todo cuando el desvanecimiento definitivo de la vida y el embotamiento de unos sentidos cada vez más entumecidos parecen ya irreversibles y uno acaba viéndolo todo desenfocado.

En ¡Oh Canadá! el psicoanálisis y la fotografía, y por tanto Sigmund Freud y Susan Sontag, se cruzan en el signo de la imposibilidad de distinguir lo verdadero de lo falso, la acción de la inacción, la neurosis del síntoma, la captación directa de la vida con su elaboración fantasmal a posteriori de sus etapas. Con el cine actuando, por supuesto, como único rastro posible y viático predilecto de la escucha de uno mismo, síntesis verbal y material de las obsesiones suspendidas en algún lugar entre la epifanía y la manipulación de la propia identidad (tal y como sucede con Leonard, personaje al que Schrader carga de numerosos signos autobiográficos).

Basada en la novela Foregone del escritor estadounidense Russell Banks (fallecido en 2023), de la que Schrader ya había trasladado Aflicción a la gran pantalla en 1997, Oh Canadá es, pues, una película de fantasmas muy reales, de temblores del cuerpo pero también de palpitaciones de la mente y del espíritu: El paso constante de unos a otros permite a la historia llegar a un final que incluso se permite el lujo – didáctico, pero no por ello menos conmovedor – de rendir pleitesía a Ciudadano Kane y, por extensión, a todos los Rosebuddies de este mundo que mantienen vivos los sueños incumplidos de autores destinados a no ser olvidados.

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