★★½
Amel, tunecina, y Amor, argelino, intentan construir una vida en Francia entre discusiones, nostalgia y autoengaño optimista. Su frágil estabilidad se quiebra cuando no les renuevan el alquiler y deben mudarse a una vivienda social a 45 minutos de la escuela de sus hijas. En ese contexto, la mayor, Mouna, se encuentra en el pasillo del colegio con una aparición de Charles Martel, figura histórica que se convierte en un brusco pero útil amigo imaginario que la ayuda a enfrentar sus miedos y a explorar su identidad. Ambientado en la Francia de los años 90, el segundo largo de la cineasta francotunecina Manele Labidi, un drama social atravesado por altas dosis de ironía que abraza los códigos del realismo mágico, aborda la cuestión del exilio y el racismo institucional al que históricamente se ha visto sometida la estigmatizada comunidad magrebí en terreno galo. En última instancia, la película nos recuerda –si bien con más torpeza que finura en su tendencia al exceso retórico y al histrionismo– cómo la Historia con mayúscula la han escrito siempre manos colonialistas, autoras de medias verdades tantas veces utilizadas, en nuestro mundo contemporáneo, con fines excluyentes. Nuestro deber, nos invita a asumir la directora de Un diván en Túnez (2019), no es otro que poner en cuestión los relatos oficiales y atrevernos a situarlos bajo otra luz.
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