★★★★
La última película de David Trueba, adaptación de su propia novela Blitz (2014), es un relato de despedidas y bienvenidas agridulce y doloroso hasta la médula. También tierno, dotado de una plausible comicidad, profundamente empático con su protagonista, un perdedor como cualquiera de nosotros que hace y deshace mientras trata de encontrar razones para seguir adelante («Odias demasiadas cosas», le insistirán varios personajes en más de una ocasión). Con la plausible sencillez estilística de un cineasta que nada tiene que demostrarle a nadie, el director de Vivir es fácil con los ojos cerrados sigue aquí las andanzas de Miguel (David Verdaguer), un arquitecto paisajista que viaja con su novia (Amaia Salamanca) a un congreso en Bélgica para terminar asistiendo al final de su relación. Tras la ruptura, el treintañero conoce a Olga (Isabelle Renauld), una mujer mayor que ejerce como voluntaria en el congreso, y que, inesperadamente, le ayudará a empezar a ver las cosas de otra manera. Pese a rezumar melancolía por cada uno de sus poros –esas Lieja, Madrid y Barcelona siempre grises, despojadas de luz–, Siempre es invierno no es una película pesimista. Todo lo contrario: en línea con lo que Paul Auster proponía en su magistral novela Brooklyn Follies, Trueba logra erigir un reconfortante relato acerca de la importancia de abrazar la incertidumbre; un film sobre almas solitarias que, a través de una ligereza tan solo aparente –reside ahí, en su tono desenfadado y su aroma woodyallenesco, la principal de sus virtudes–, viene a recordarnos que del fracaso y el desencanto pueden brotar, muchas veces, nuevas formas de esperanza.
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