★★★
Vida en pausa, la nueva película del griego Alexandros Avranas (Miss Violence, 2013; Crímenes oscuros, 2016), es cine social distanciado, decididamente brechtiano en sus maneras gélidas y en la artificiosidad de su propuesta estética. La película, situada en la Suecia pre pandémica (año 2018), narra la historia de una familia rusa (padre, madre y dos hijas) que, víctima de una persecución política en su país de origen, busca asilo en el estado escandinavo. Un día, tras la negativa constante de la Junta de Migración a darles acogida, la hija pequeña de la pareja se desmaya y entra en un profundo coma para el que los médicos pronto encuentran diagnóstico: se trata del llamado “síndrome de resignación”, trastorno que sufren muchos niños refugiados al conocer que serán devueltos al infierno del que habían logrado huir. El quinto largometraje de Avranas, que entronca con el ácido hieratismo del Yorgos Lanthimos de Canino o de la Jessica Hausner de Club Zero, se desmarca sin embargo de las “poéticas de la crueldad” de dichos cineastas en un tramo final en el que parece tener cabida la esperanza. Y, si bien su propuesta formal es atractiva y la narración está trenzada con un pulso más que plausible, la película termina revelándose bastante más simple de lo que su aura pretendidamente misteriosa quiere hacernos creer. Se debe, esto último, a un entramado visual ciertamente hueco, que tiene poco que aportar a un relato en el que casi todo está dicho en palabras y queda poco espacio para las elucubraciones del espectador. Con todo, hay en ella hallazgos (concentrados, sobre todo, en su último tramo) que terminan inclinando la balanza hacia el lado positivo.
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