Años más tarde, Deep Water fue rescatada del olvido en el que había caído voluntariamente para convertirse en el primer proyecto producido por Simmons/Hamilton Productions, la compañía fundada por el bajista y cantante de Kiss, Gene Simmons, y el prolífico productor australiano Gary Hamilton, cuyo nombre figura tras varios títulos del género, incluyendo Wolf Creek.

La trama de la nueva versión de Deep Water, retitulada ahora en español En mar abierto, se ha mantenido prácticamente intacta y, aunque las referencias a la misteriosa tragedia ocurrida hace una década no se mencionan explícitamente, es inevitable que el espectador se sienta influenciado por ella. La película, protagonizada por Aaron Eckhart (Sully), Ben Kingsley (Gandhi) y Angus Sampson (Insidious), imagina un vuelo intercontinental de Los Ángeles a Shanghái que se ve obligado a realizar un amerizaje de emergencia en medio del océano, en un lugar, desafortunadamente, infestado de tiburones voraces. Los pasajeros supervivientes, atrapados entre los restos flotantes y rodeados por estos depredadores mortales, se encuentran aislados, lejos de cualquier ayuda.
A medida que cunde el pánico, los distintos personajes deben superar sus conflictos internos, colaborar y enfrentarse juntos al océano y a lo que acecha bajo su superficie para sobrevivir. “Creo que al público le gustan los thrillers de acción ambientados en circunstancias extraordinarias con un trasfondo emocional. Mi nueva película parte de esta premisa. Es mi La aventura del Poseidón, donde todos se ven despojados de sus valores y deben afrontar la prueba definitiva”, dice Renny Harlin, director de En mar abierto, un experto en tiburones y un cineasta singular.
De origen finlandés y con experiencia como comprador para una distribuidora de su país, Harlin se dedicó a la dirección en la década de 1980, consiguiendo un lugar en Hollywood donde dirigió varias películas de éxito, como Pesadilla en Elm Street 4, La jungla 2 o Máximo riesgo. Pero, sobre todo, se le reconoce como el cineasta que revivió en 1999 el subgénero conocido como sharksploitation (explotación de tiburones). Nacido oficialmente con Tiburón en 1975 y en decadencia a finales de los años 80 por falta de ideas, este derivado del género más amplio de la venganza ecológica renació en vísperas del nuevo milenio gracias a Harlin y Deep Blue Sea. La historia narraba la vida de un grupo de investigadores, liderados por Samuel L. Jackson, que realizaban experimentos con tiburones genéticamente modificados en un laboratorio con el objetivo de encontrar una cura para el alzhéimer.
Veintisiete años después de aquella película, que recaudó casi 200 millones de dólares en taquilla, Harlin vuelve ahora a una historia de tiburones y supervivencia, pero con algunas diferencias notables que, de alguna manera, cierran el círculo. “Sentía que aún tenía algunos ases bajo la manga que no había podido mostrar en aquella película. Me encanta el océano, me encanta trabajar en el agua y me encantan todas las criaturas marinas”, explica. “De hecho, soy un gran defensor de los tiburones y participo en labores de conservación. La idea detrás de En mar abierto no es decir que los tiburones son malos, sino que se trata de personas que actúan mal cuando invaden su hábitat y luego sufren las consecuencias”.

Además de una representación más veraz y respetuosa de los tiburones, la puesta en escena de En mar abierto es más realista, con personajes de diversos orígenes sociales inmersos en una situación extrema, pero no imposible. “En cuanto al accidente aéreo, se recreó basándose en detalles reales”, explica Harlin. El avión estrellado termina en un arrecife de coral debido a las mareas. Los tiburones suelen frecuentar los arrecifes de coral porque allí se encuentran los peces. Allí es donde encuentran su alimento.
Todos recordamos la historia de Tiburón sobre el hundimiento del USS Indianapolis, donde más de mil hombres cayeron al agua y solo unos cientos sobrevivieron. Un breve apunte: Mario Van Peebles llevó esta historia a la gran pantalla en 2016 con la película Hombres de valor, protagonizada por Nicolas Cage, Tom Sizemore y Thomas Jane.
Harlin se esforzó por recrear lo que él considera el mayor accidente aéreo jamás filmado. “Dediqué mucho tiempo a investigar y a prestar atención a los detalles. Todo lo que hacen Aaron Eckhart y Ben Kingsley en esta película, cada botón que pulsan, se corresponde exactamente con los protocolos de la vida real”, revela. “A veces, filmar cómo los tornillos se desprenden de una fila de asientos antes de que esta salga disparada hacia el cielo a través de un agujero en el avión puede ser más impactante que la explosión de un edificio. Es como la astilla clavada bajo la uña”.
EL TERROR DEL MAR
En mar abierto es solo una de las últimas películas de tiburones producidas y distribuidas ampliamente. Después de que Deep Blue Sea revitalizara el género, tras una década de silencio en la que parecía que el terror del mar había pasado de moda y el público se había cansado de él, es difícil llevar la cuenta de cuántas películas con tiburones o sus derivados se han estrenado en los últimos 27 años. Una cifra verdaderamente asombrosa.
Baste decir que, incluso ahora mismo, ya hay otros títulos disponibles, como Embestida, de Tommy Wirkola —donde los tiburones invaden las calles de una ciudad costera inundada por el mar, al igual que los cocodrilos en Crawl 2, de Alexandre Aja—, o Chum, sobre una pareja casada y sus amigos en un yate durante su luna de miel, perseguidos por un tiburón en el Mediterráneo.

IT’S SHARKSPLOITATION, BABY!
Si el número ha aumentado tan drásticamente, es también gracias a compañías como Asylum, New Horizon Pictures, del fallecido Roger Corman, y Syfy Originals. Aprovechando el renovado interés por el género y desafiando posibles demandas por plagio, han sabido subirse a la ola de este éxito creando películas originales, parodias, spin-offs y más, utilizando varios elementos estratégicos clave, como presupuestos bajos (o incluso insignificantes), una producción ágil y rápida, efectos especiales de bajísimo coste, hibridaciones cada vez más extravagantes, un agudo sentido del absurdo y el humor, actuaciones exageradas, incluso un tanto cursis, y la creación de franquicias potencialmente interminables.
Basta con pensar, por ejemplo, en la saga Sharknado o en aquellas con tiburones fantasma (Tiburón fantasma), tiburones prehistóricos (Jurassic Shark), tiburones poseídos (Shark Exorcist) o tiburones de nieve (Snow Shark). Hay opciones para todos los gustos, incluyendo tiburones con múltiples cabezas (El ataque del tiburón de dos cabezas, con hasta cinco) o con tentáculos (Sharktopus). Esta intrincada mezcla de películas, donde el cine de mayor calidad se fusiona a la perfección con el más mediocre, ahora puede resumirse en un solo término: sharksploitation.
Un revelador documental, producido por el canal Shudder y estrenado en 2023 con el título de Sharksploitation, busca poner orden en este subgénero. La historia se remonta a los albores del cine, cuando los tiburones eran presencias incidentales en películas de aventuras o con un toque exótico-documental, como Killer Shark (Budd Boetticher, 1950), Shark! Arma de dos filos (Samuel Fuller, 1969) y Tiko and the Shark (Folco Quilici, 1962).
UN SUBGÉNERO DE ÉXITO

La revolución llegó en 1975 con Tiburón, de Steven Spielberg, y la novela homónima de Peter Benchley en la que se basa la película, publicada el año anterior. A partir de ese momento, la vida y la representación de los escualos cambiaron para siempre, al igual que nuestra percepción de estos habitantes acuáticos y de su papel esencial en la cadena alimentaria y en la protección de los ecosistemas marinos.
Desde entonces, en nuestro imaginario colectivo, el tiburón se convirtió en el depredador por excelencia y en una presencia hostil y peligrosa para los humanos. No es casualidad que, durante todos los años posteriores y hasta su muerte, atormentado por la culpa, Benchley intentara concienciar al público sobre la importancia de respetar y proteger a estos majestuosos seres vivos.
Tiburón dio lugar a tres secuelas oficiales —una de ellas, la tercera, también en 3D— y a un número muy variado de imitaciones, entre ellas El último tiburón (Enzo G. Castellari, 1981), que fue objeto de críticas por parte de Universal debido a sus excesivas similitudes con la original y retirada del mercado estadounidense durante muchos años. Por no mencionar Tiburón: Duelo a muerte (Joe D’Amato, 1989) y Tiburón 5 (Bruno Mattei, 1995), que utilizaron metraje original de otras películas y documentales.
Hasta la fecha, la mayoría de las películas de tiburones han sido prácticamente copias exactas del clásico de culto de Spielberg y, por esta razón, el público acabó distanciándose. Fue necesaria la originalidad de Deep Blue Sea (Renny Harlin, 1999) y, cuatro años después, el realismo desgarrador de Open Water (Chris Kentis, 2003) para atraer de nuevo a los cinéfilos a las salas.
Gracias al éxito de estas dos películas, poco después comenzaron a proliferar, primero en vídeo doméstico y canales de pago y más tarde en plataformas de streaming, decenas de filmes de bajo presupuesto, alimentando un mercado en auge que satisface a un círculo de aficionados a los tiburones con una actitud casi fetichista. Entre los muchos títulos surgidos del underground de Hollywood, destaca sin duda la saga Sharknado. Lanzada en 2013 sin grandes expectativas, ahora cuenta con cinco secuelas oficiales, tres spin-offs y un crossover en toda regla inspirado en el multiverso de Asylum, titulado 2025 Armageddon (2022).