Ramón Barea estrena Los aitas y Una ballena, y la serie Su majestad, para reconfirmar que es una de las presencias imprescindibles, y constantes, de nuestro audiovisual desde que debutó ante las cámaras con La fuga de Segovia.
Reivindicamos el talento de este actor, un autodidacta que ha acabado siendo maestro de varias generaciones.
En un momento de nuestra larga charla, Ramón Barea (Bilbao, 1949) dice algo que explica muchas cosas: “Nunca he tenido representante. Al empezar, siempre pensaba que cada trabajo sería el último que haría. Luego ya vi que funcionaba solo, me seguían llamando. No sé si para bien o para mal, no lo he necesitado”. En un mundo tan competitivo como el de la interpretación, ser un rara avis puede ser una apuesta de riesgo. Pero, quizás desde una cierta inconsciencia o una nula estrategia para llegar a ninguna parte, o puede que desde la humildad de quien empieza desde abajo y sabe lo que es buscarse la vida, Barea se ha convertido en un referente.
Se podría decir que con él comenzó el teatro y el cine vascos, que ha sido talismán para creadores que daban sus primeros pasos y que pocos le ganan en ver su nombre en los créditos de películas, cortos y series. Pero, conversando con Ramón Barea, parece que sigue siendo el currante lleno de energía que levantaba proyectos sin esperar que sonara el teléfono. Los primeros pasos de nuestro hombre están muy vinculados al nacimiento del teatro independiente en Euskadi. Con compañías como Cómicos de la Legua y Karraka, o como cofundador del proyecto Pabellón 6, ha sido y es uno de los nombres fundamentales para entender las inquietudes artísticas de toda una generación de artistas sin modelos que seguir.
“A finales de los 60, no existían compañías profesionales en el País Vasco. Sí había un teatro aficionado y uno en euskera más militante durante el franquismo, pero Cómicos de la Legua se emparentaba a grupos como Tábano o Los Goliardos y supuso el principio de la profesionalización teatral en Euskadi”. Cincuenta y tantos años más tarde, con incontables funciones a sus espaldas, Ramón Barea ha pisado tantos escenarios como platós. Ha rodado con Imanol Uribe, Álex de la Iglesia, Julio Medem, Juanma Bajo Ulloa, Iciar Bollain, Pablo Berger, Gracia Querejeta o un Borja Cobeaga que le dio uno de los mejores personajes de su carrera, el de atribulado político inspirado en Jesús Eguiguren que se reúne con ETA para lograr un alto el fuego en la fabulosa Negociador (2014).
Ahora repite por enésima vez con el cineasta en Los aitas, en la que conduce el autobús que lleva de Bilbao a Berlín a un grupo de niñas y a sus padres para participar en un concurso de gimnasia rítmica. Situada en 1989, la película pone el foco en esas paternidades ausentes e irresponsables, que afortunadamente vamos dejando atrás. “Se retrata la torpeza de esos padres incapaces de enfrentarse a las labores familiares y de acercarse a sus hijos más allá de una forma muy superficial. Es la radiografía de una época. Y reconoces ese desapego, ese dar por supuesto que hay cosas que eran propias de la madre y en las que el padre no intervenía. Ahora es normal verlos llevando a los niños a la escuela o cuidando bebés”, apunta un Barea que, con dos hijas y un hijo, admite verse reflejado en lo que se cuenta en Los aitas.
Con Cobeaga colabora también en la serie Su majestad (en Prime Video desde 27 de febrero), donde es el jefe de la Casa Real en una tragicómica fabulación con más que evidentes similitudes con la monarquía española. Y, por otro lado, estrena Una ballena, de Pablo Hernando, en la que da vida a un viejo contrabandista en un thriller fantástico que le permite abordar uno de los escasos personajes protagonistas que el cine le ha regalado en 45 años de carrera ante las cámaras.
¿Has echado de menos interpretar más protagonistas como el de Una ballena?
No, no me ha importado nada protagonizar En la puta calle, Atilano presidente o Negociador, la que sea. Y seguir con un personaje pequeño. Si me gustaba el proyecto, ahí me metía. Es decir, no he tenido un representante de esos que apuestan por caballo ganador y que no te dejan pararte a mirar el paisaje. Y eso me ha permitido no parar de trabajar. Lo prefiero. Además, al ser protagonista, la tensión es muy grande y te obliga a mantener el nivel. Pero me he liberado de eso. En términos económicos y de popularidad, supongo que ser protagonista es estupendo. Pero para las neuronas y la cosa interna… creo que es un poco antinatura, no se puede ser un triunfador todo el rato.
La coyuntura, con el estreno de dos filmes y una serie, y ensayando la obra de teatro que diriges, Quién nos disparó, refleja lo que ha sido y es tu carrera profesional. Una presencia constante, un currículum inabarcable.
No sé cuántas películas he hecho. De vez en cuando me sacan las cuentas y debo de estar cerca de las 200. Pero es que siempre he pensado –quizás ahora un poco menos, claro– que después de la película que rodaba ya no haría ninguna otra. Que me habían llamado de casualidad, que el cine era esa cosa que hacían otros. Y resulta que no he parado. He tenido mucha suerte. Me ha ido bien haberme dejado llevar sin tener la idea de hacer una carrera en cine o en teatro. La vida, la profesión, me ha conducido a sitios distintos.
Has tenido suerte y has sido un culo inquieto.
Yo sería el modelo de joven emprendedor, si hubiera existido ese término cuando empecé. Puedo presumir de esa inquietud, de promover proyectos. Para bien o para mal, porque también se sufre, pero nunca he tenido miedo de que no sonara el teléfono. Yo no esperaba, las llamadas siempre me pillaban trabajando en otra cosa. Creo que lo heredé de mi padre, que fue un superviviente: tenía una academia, era músico, representante de la casa Roca en Bilbao… Yo nunca sabía decir qué era mi padre, si profesor, si viajante, si músico. Mi madre, en cambio, fue maestra de escuela durante toda su vida. Creo que eso del pluriempleo favoreció una actitud y que pudiera hacer tantas cosas. Una me llevaba a la otra. Y no he tenido etapas de hundimiento, siempre he tenido trabajo.
En tu página web te defines como “actor y cosas así”. Y entre esas cosas, añades dramaturgo, director, realizador, guionista… o ex monaguillo.
Es que reivindico mi época de monaguillo, creo que entonces viví mis primeras actuaciones en público, a sala llena, porque la misa de 12 era la hostia. Recitar oraciones en público, mover el libro de un lado para otro, las vinajeras… aquello era un teatro total. Haber salvado ese pánico escénico como monaguillo fue una escuela fundamental. Porque yo no he estudiado en el Actor’s Studio, ni he pasado por la RESAD de Madrid, ni por el Institut del Teatre de Barcelona. En el País Vasco no había escuelas de interpretación. Si uno se quería dedicar a esto, se dedicaba, dejaba la oficina y se ponía a hacer cosas. Entonces, no tengo el pedigrí que da una escuela. Soy un autodidacta y no me ha ido mal, pero hubiera preferido tener maestros.
Igual que formas parte de los orígenes del teatro en Euskadi, también estuviste en el inicio del cine vasco como tal.
Antes de rodar La fuga de Segovia, Imanol Uribe vino a los ensayos de nuestro grupo de teatro, y eligió al del bigote y al calvo. El calvo era Álex Angulo y el del bigote era yo. Y luego no hemos parado y en varias películas nos llamaban a los dos sin saber que éramos amigos. Esas primeras pelis, La fuga de Segovia o La conquista de Albania o La muerte de Mikel, fueron los inicios del cine vasco. Entonces, de repente irrumpieron nuevos directores, los Bajo Ulloa, Medem, Urbizu, De la Iglesia, y de pronto te vinculas a muchos proyectos primerizos de esta gente.
Ese boom de la cantera del cine vasco también sirvió para tener una proyección profesional. Soy un afortunado. Debe de ser que gasto poca película, que vale la primera toma o la segunda, y entonces me llamaban para ahorrar. Y que debo de dar poca guerra. Y como no tengo representante, el trato es más directo.
Sin representante, ¿qué tal se te da negociar?
Siempre me timan [risas], porque cuando me interesa mucho el proyecto no ando con remilgos con el tema económico. También es verdad que ahora tengo una estrategia: cuando me hablan del caché, les digo: “No regatearé, te diré sí o no a la oferta que me hagas, rotundamente, o sea que te la juegas. Y si te digo que no, no hay vuelta atrás”. Me está funcionando muy bien [risas].
Lo que llevas mal son los focos…
Empecé haciendo teatro muy en precario, y me acostumbré a cargar y descargar furgonetas, en frontones, en cines, en teatros de pueblo hechos polvo, actuando en la calle y todo eso. Entonces, los focos y las alfombras rojas los llevo mal. He batido récords de pasar corriendo por photocalls, sin que nadie me saque una foto ni me pare para entrevistas. En las fotos de grupo me muero de vergüenza, pienso que nadie sabe quién soy, no tienen ni idea. Ahí sí siento lo del síndrome del impostor.
Quizás hay gente que no te pon en nombre, pero en Euskadi todo el mundo sabe quién eres. Y supongo que habrás notado el interés creciente hacia ti.
Sí, progresivamente. Por ejemplo, cuando me dan el Premio Nacional de Teatro en 2013, pues te sorprende. Es una cosa muy bonita, notas que te quieren. Te ponen un valor que antes no te habían concedido.
Hay un reconocimiento profesional y humano, te tratan de otra forma. Y también la gente te para más por la calle, y te pregunta, aunque no tengan muy claro de qué te conocen.
Has dirigido dos películas, Pecata minuta y El coche de pedales. ¿Ganas de repetir?
Tenía un proyecto que se cayó en las ayudas. Teníamos hasta fechas de rodaje y reparto. Se me vino el mundo abajo, pero ya he salido del bache y estamos buscando nuevos compañeros de viaje. Me gusta dirigir y trabajar con actores, pero todo el trámite de producción y del mercado no lo controlo. Tengo ganas de hacerla, de levantarla. Se llamará Yayo, y es una mirada feliz sobre la vejez. Ahora, con mi edad, no me llaman para papeles de galán maduro, y sí para ancianos con Alzheimer o con demencia, o que se caen por las escaleras. Y yo quiero transmitir las ganas de vivir, los estímulos cotidianos y el sentido del humor, todo eso que no hay que perder.